A ti, Madre de la Merced, que eres de todos y para todos, te confiamos nuestra vida y la vida del mundo ¡LIBÉRANOS!

Las lecturas de este día nos invitaban a vivir la fe como abandono confiado en los brazos de Dios. Nosotras, te hemos mirado a ti, Madre, y hemos llegado a comprender que toda tu vida estuvo presidida por este abandono confiado al amor de Dios a pesar de todos los pesares y de las oscuridades de tu existencia, cosas que Tú no entendías. Te fiaste del Él. Le dijiste que sí. Proseguiste siempre en tu camino, y en la oscuridad de la fe, abandonada y confiada en el Dios de las promesas. Y este Dios no te falló. Tampoco nos fallará a nosotras. Hoy hacemos contigo el propósito de avanzar en la peregrinación de la fe siguiendo tus pasos, mirando tu rostro, apoyándonos en tu confianza y fidelidad. Sostén nuestra lucha y ábrenos siempre caminos a la esperanza.

Es un deseo expreso de Jesús, que roguemos sin desfallecer para que mande obreros a su mies…

Ángelus, 7 de julio de 2019 | Francisco

Esta petición de Jesús es siempre válida. Siempre debemos orar al “dueño de la mies”, que es Dios Padre, para que envíe obreros a trabajar en su campo, que es el mundo. Y cada uno de nosotros lo debe hacer con un corazón abierto, con una actitud misionera; nuestra oración no debe limitarse solo a nuestras peticiones, a nuestras necesidades: una oración es verdaderamente cristiana si también tiene una dimensión universal.

Cuando envía a los setenta y dos discípulos, Jesús les da instrucciones precisas que expresan las características de la misión. La primera ―ya lo hemos visto―: rezad; la segunda: id; y luego: no llevéis bolsa o alforja …; decid: “Paz a esta casa”permaneced en esa casaNo vayáis de casa en casa; curad a los enfermos y decidles: “El Reino de Dios está cerca de vosotros”; y, si no os reciben, salid a las plazas y despedíos (cf. versículos 2-10). Estos imperativos muestran que la misión se basa en la oración; que es itinerante: no está quieta, es itinerante; que requiere desapego y pobreza; que trae paz y sanación, signos de la cercanía del Reino de Dios; que no es proselitismo sino anuncio y testimonio; y que también requiere la franqueza y la libertad para irse, evidenciando la responsabilidad de haber rechazado el mensaje de salvación, pero sin condenas ni maldiciones.

Si se vive en estos términos, la misión de la Iglesia se caracterizará por la alegría. ¿Y cómo termina este paso? «Regresaron los setenta y dos alegres» (v. 17). No se trata de una alegría efímera que viene del éxito de la misión; por el contrario, es un gozo arraigado en la promesa de que ―dice Jesús― «vuestros nombres están escritos en el cielo» (v. 20). Con esta expresión, él se refiere a la alegría interior, la alegría indestructible que proviene de la conciencia de ser llamados por Dios a seguir a su Hijo. Es decir, la alegría de ser sus discípulos. Hoy, por ejemplo, cada uno de nosotros, aquí en la Plaza, puede pensar en el nombre que recibió el día del Bautismo: ese nombre está “escrito en los cielos”, en el corazón de Dios Padre. Y es la alegría de este don lo que hace de cada discípulo un misionero, uno que camina en compañía del Señor Jesús, que aprende de él a entregarse sin reservas a los demás, libre de sí mismo y de sus propias posesiones.

Invoquemos juntos la protección materna de María Santísima, para que sostenga en todo lugar la misión de los discípulos de Cristo; la misión de anunciar a todos que Dios nos ama, quiere salvarnos y nos llama a ser parte de su Reino.

Papa Francisco