Madre de la “dulzura y de la afabilidad”, deja que aprendamos en tu mirada a tratar a los demás…

El P. Fundador habló mucho en sus escritos a la Congregación de la dulzura que tenía que resplandecer en el rostro de la hermana mercedaria de la caridad. Llama mucho la atención que nuestro Fundador se fijara en esta virtud que es propia de una humanidad recreada. Sin duda, porque miraría mucho el rostro de María.

Decía él:

El lema de la hermana mercedaria sea siempre la fe, la religión la dulzura…

La dulzura y el miramiento deben ser su guía y la salsa de toda caridad, decía en las primeras Constituciones…

O sea, que la dulzura en los sentimientos y, sobre todo, en actitudes, comportamientos y en el trato con las personas era algo que el P. Fundador deseaba de todas nosotras. El sabía que la dulzura es virtud de los fuertes y de aquellos que buscan y entregan en el encuentro humano el rostro resplandeciente de la ternura de Dios. Los seres humanos, por el instinto de supervivencia, tendemos, normalmente, a dar una respuesta adaptativa a las situaciones, respuesta que está, como digo, llena del afán de supervivencia. Esto hace que en ocasiones nuestras respuestas a la vida sean un tanto duras, distantes y ausentes de la ternura y de la la misericordia del Señor. Ausentes de esa ternura y afabilidad que quería nuestro Fundador. Ausentes de dulzura.

En este día, nos queremos “mirar en María” para recuperar esta virtud que tanto sobresale en Ella, y en quien seguramente la aprendió el P. Fundador, para vivirla en el trato humano y en las relaciones cotidianas. El Beato Zegrí llegó a decir algo que parece inaudito, “que la dulzura y el miramiento son la salsa de toda caridad”. Era algo así como decir: hermana mercedaria, te puedes dejar la vida a girones por los caminos del mundo, pero si tu rostro, tu corazón, tu alma, tus sentimientos y actitudes no están presididos por la dulzura y el miramiento, no te sirven de nada tus sacrificios.

Y digo, esta virtud de la dulzura es virtud de los fuertes, porque tenemos que estar mucho sobre nosotras mismas para responder en todo momento con esa elegancia natural, tejida en la dulzura y la afabilidad, que quería nuestro Fundador.

Hoy, mirando a nuestra Madre, mirando esos ojos llenos de ternura y compasión, renovamos esta virtud de la dulzura tan hondamente querida por el Beato Zegrí.

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