El perdón, una experiencia profunda de caridad que nos hace más hijos y hermanos. Lo ofreceremos hoy de manos de María…

 

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La página evangélica de la misa de hoy es una de las más bellas páginas del Evangelio, pero creo que es la más difícil, no solo de cumplir, sino de vivir.

Jesús es contundente: hay que amar a todos, pero hay que amar sobre todo a los enemigos, porque si amamos a los que nos aman, ¿qué recompensa podemos esperar? Eso lo hacen los gentiles, e incluso mejor que nosotros, porque los hijos de las tinieblas son más sagaces que los hijos de la luz.

El perdón le compete a Dios, porque Dios es en realidad el que puede sentirse ofendido y, de hecho lo es, por la ingratitud de sus hijos. Pero nosotros podemos participar del perdón que Dios nos ha ofrecido en la muerte redentora de su Hijo en la cruz si nos abrimos a su gracia, y si somos misericordiosos como Él lo es con todos nosotros. Tenemos que llegar a amar como Dios ama y a perdonar como Dios perdona.

Jesús así lo hizo con todos sus enemigos, que los tuvo, y muchos. Incluso en la cruz ofrece el perdón al ladrón arrepentido que minutos antes lo había insultado y vilipendiado. María, la mujer abierta a la gracia, la agraciada con una caridad sin límites y con un amor sin medida, también nos enseña el perdón con toda su vida y, sobre todo, al pie de la cruz cuando, con corazón de madre, perdona a todos los que están crucificando a su Hijo. La grandeza humana de Jesús y de María se revela en este perdón otorgado y ofrecido en la muerte más ignominiosa que ha existido en la historia de la humanidad.

Nosotras, mujeres mercedarias discípulas estamos llamadas a amar siempre  y a perdonar siempre, y a todos. Porque nuestro carisma es la caridad redentora y no puede habitar la caridad en nuestros corazones si no perdonamos como Dios perdona. Ya lo decía el P. Fundador: Una hermana mercedaria de la caridad sin caridad es un ser incomprensible, es un contrasentido, es un absurdo.

Por eso, hermanas, cultivemos actitudes de vida abriéndonos a una caridad sin fronteras, que pone la otra mejilla, que disculpa, que perdona, que regala gracia tras gracia, que manifiesta que la vida solamente merece la pena de ser vivida desde un gran amor y desde la bondad más radical, porque lo que hayamos amado quedará, solo cenizas el resto.

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