De manos de María, echaremos nuestras redes, como Jesús nos pide hoy…

 

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El Evangelio de hoy es un canto a la confianza. Es una alegoría para llevarnos a todos por ese camino de abandono en los brazos de Dios que vivieron los santos y que es el camino de la felicidad existencial y de la realización personal. Confiar en Dios fue siempre el deseo grande, y también la experiencia profunda, que condujo a los santos a vivir unidos entrañablemente con el Dios de la vida y la esperanza.

Jesús hoy le pide a Pedro que eche las redes al mar. Y una gran cantidad de peces aparecieron en aquellas redes de los pescadores rudos de Galilea, que no terminaban de creer. Jesús no dice muchas palabras, les dice con hechos que quien confía ve multiplicada por cien la fecundidad de su vida.

María, sin duda, es la virgen y la madre de la confianza. También a ella le pidió Jesús que echase sus redes cuando le presentó a la humanidad crucificada delante de ella y le dijo: Mujer, ahí tienes a tu hijo… a tus hijos… y ella, sin dudar, asumió como tales a los hermanos de Jesús de todos los tiempos derramando sobre ellos su maternidad, sabiendo que no quedaría defraudada. El se lo pidió y no dudó en entregarle su vida y su maternidad.

Pero toda la vida de la Virgen es un canto a la confianza de la fe. Ella se fío de Dios en el anuncio del ángel; se fío de Dios cuando cantó su magnificat ensalzando al Dios de las promesas y a los pobres de Yavhé;  se fio de Dios cuando Jesús le da una respuesta en el templo que no entiende; se fío de Dios cuando en las bodas de Caná tiene la seguridad del milagro del vino; se fio de Dios cuando todos creían que su Hijo estaba loco; se fio de Dios en el camino de Galilea a Jerusalén cuando su Hijo es aclamado, pero también en su pasión, cuando lo ve roto, herido, destrozado, abandonado por todos; se fio de Dios al pie de la cruz, y cuando Jesús se le aparece la mañana de la resurrección.

María es la mujer discípula que se fía de Dios y que le entrega su vida sin condiciones y sin pedirle explicaciones. María es la discípula de su Hijo llena de una fe confiada en Él a toda prueba, que hace lo que Él le pide y que asume, con fe inquebrantable, la misión que le da de ser madre de la humanidad pobre, necesitada, herida y crucificada. Jamás dudó de lo que Dios le había dicho acerca de su Hijo,  aunque sea verdad que Ella fue avanzando en la peregrinación de la fe a lo largo y ancho de su vida.

Hoy, como mujeres discípulas que somos, nos dejamos acompañar por María en la peregrinación de la fe, poniendo toda nuestra confianza en Jesús, y asumiendo lo que Él nos pide como discípulas para derramar nuestra maternidad espiritual sobre los crucificados del mundo. No le pidamos a Dios explicaciones, como no le pidió ella, y dejemos nuestra vida en las redes del amor más grande.

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