Jesús quitó el pecado del mundo escogiendo el camino del “servicio y del reconocimiento del otro”

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EL ÚNICO PECADO QUE EXISTE ES LA OPRESIÓN

Jn 1,29-34

Es muy significativo que el segundo domingo del tiempo ordinario nos siga hablando de Juan Bautista. Todo lo que nos dice Jn del Bautista es sorprendente. Indica una relación especial de esa comunidad con él. Seguramente había en aquella comunidad seguidores del Bautista. Este evangelio tiene muy en cuenta a Juan Bautista aunque se ven obligados a rebajarle. Jn pone en labios del Bautista la cristología de su comunidad como base y fundamento de la comprensión de Jesús que va a desplegar en su evangelio. Esto no quiere decir que el Bautista tuviera una idea clara sobre quién era Jesús. Ni siquiera sus discípulos más íntimos supieron quién era, después de vivir con él tres años; menos podía saberlo el Bautista antes de comenzar Jesús su predicación.

Jn quiere aclarar que no hay rivalidad entre Jesús y el Bautista. Para ello nos presenta un Bautista totalmente integrado en el plan de salvación de Dios. Su tarea es la de precursor, es decir, preparar el camino al verdadero Mesías. Fijaos que Jn no narra el bautismo en sí; va directamente al grano y nos habla del Espíritu, que es lo importante en todos los relatos del bautismo de Jesús. Naturalmente esto es un montaje de la segunda o tercera generación de las comunidades cristianas y quiere resaltar la figura de Jesús que había adquirido categoría divina, frente a Juan Bautista.

“El cordero de Dios”. Jn propone a Jesús como cordero de Dios, preexistente, portador del Espíritu e Hijo de Dios. No se puede decir más. Está claro que se está reflejando aquí setenta años de evolución cristológica en la comunidad. Es una pena que después, hayamos interpretado tan mal el intento de comunicarnos esa experiencia. Lo que eran títulos simbólicos, que trataban de ponderar la personalidad de Jesús, se convirtieron en absolutos atributos divinos. Lo que tenía de proceso dinámico y humano, se convirtió en sobrenaturalismo preexistente.

Es muy difícil precisar lo que el título “cordero” significaba para aquella comunidad. Podían entenderlo en sentido apocalíptico: un cordero victorioso que aniquilará definitivamente el mal (la bestia). Este concepto encajaría con las ideas del Bautista; pero no con las de Jesús. Podían entenderlo como el Siervo doliente. No hay pruebas de que se hubiera identificado al Mesías con el siervo doliente de Isaías, antes del cristianis­mo. Jn sí interpretó la figura del Siervo, aplicada al Jesús, pero nunca con el sentido expiatorio de pagar un rescate por nosotros. Probablemente haría referencia al cordero pascual, que era para el judaísmo el signo de la liberación de Egipto, pero sin connotación sacrificial. Jn quiere decir que por Cristo somos liberados de la esclavitud.

que quita el pecado del mundo”. Es una frase que manifiesta una cristología muy elaborada. En ningún caso la pudo pronunciar Juan bautista. Esta teología no tiene nada que ver con la idea de rescate en la que después se deformó. El concepto de pecado en el AT debe ser el punto de partida para entender su significado en el NT, pero ha sufrido un cambio sustancial. En el evangelio, pecado no es la ofensa a Dios o a su Ley sino la opresión de un hombre sobre otro. Solo así se entiende la actitud de Jesús con los pecadores. Las prostitutas y pecadores os llevan la delantera en el Reino porque en ningún caso oprimen a nadie. Lo mismo cuando Jesús dice: tus pecados están perdonados, está diciendo que no hay nada que perdonar. Lo que se consideraba ofensa a Dios no era más que un artificio para oprimir al débil. Jesús quita el pecado del mundo no muriendo en la cruz sino viviendo el servicio a todos y en el amor incondicionado.

En el AT y en el Nuevo, la palabra más usada para indicar “pecado”, tanto en griego como en latín, significa errar el blanco. No se trata de mala voluntad como lo entendemos hoy. En el evangelio de Jn, “pecado del mundo” tiene un significado muy preciso. Se trata de la opresión que un ser humano ejerce sobre otro y que impide al hombre desarrollarse como persona. Este pecado es siempre colectivo. Se necesitan dos. Siempre que hay pecado, hay opresor y víctima.

El modo de “quitar” este pecado no es una muerte vicaria expiatoria externa. Esta idea nos ha despistado durante siglos y nos ha impedido entrar en la verdadera dinámica de la salvación que Jesús ofrece. Esta manera de entender la salvación de Jesús es consecuencia de una idea arcaica de Dios. En ella hemos recuperado el mito ancestral del dios ofendido que exige la muerte del Hijo para satisfacer sus ansias de justicia. Estamos ante la idea de un dios externo, soberano y justiciero que se porta como un tirano. Nada que ver con la experiencia del Abba que Jesús vivió. El “pecado del mundo” no tiene que ser expiado, sino eliminado. Jesús lo sustituyó por el amor.

Jesús quitó el pecado del mundo escogiendo el camino del servicio, de la humildad, de la pobreza, de la entrega hasta la muerte. Esa actitud anula toda forma de dominio, por eso consigue la salvación total. Es el único camino para llegar a ser hombre auténtico. Jesús salvó al ser humano, suprimiendo de su propia vida toda opresión que impida el proyecto de creación definitiva del hombre. Jesús nos abrió el camino de la salvación, ayudando a todos los oprimidos a salir de su opresión, cogiéndoles por la solapa y diciéndoles: Eres libre, sé tú mismo, no dejes que nadie te destroce como ser humano. En tu verdadero ser, nadie podrá someterte si tú no te dejas. En aquel tiempo, esta opresión era ejercida no solo por Roma sino por sacerdotes y letrados.

Jesús vivió esta libertad durante toda su vida. Fue siempre libre. No se dejó avasallar ni por su familia, ni por las autoridades religiosas, ni por las autoridades civiles, ni por los guardianes de las Escrituras (letrados), ni por los guardianes de la Ley (fariseos). Tampoco se dejó manipular por sus amigos y seguidores, que tenían objetivos muy distintos a los suyos (los Zebedeo, Pedro). Esta perspectiva no nos interesa porque nos obliga a estar en el mundo con la misma actitud que él estuvo; a vivir con la misma tensión que él vivió, a liberarnos y liberar a otros de toda opresión.

No tenemos que oprimir a nadie de ningún modo. No tengo que dejarme oprimir. Tengo que ayudar a todos a salir de cualquier clase de opresión. Jesús quitó el pecado del mundo. Si de verdad quiero seguir a Jesús, tengo que seguir suprimiendo el pecado del mundo. Hoy Jesús no puede quitar la injusticia, somos nosotros los que tenemos que eliminarla. La religiosidad intimista, la perfección individualista, que se nos han propuesto como meta del camino espiritual, es una tergiversación del evangelio. Si no hacemos todo lo posible, no solo por no oprimir a nadie sino para que nadie sea oprimido, es que no me he enterado del mensaje.

El presentarse como cordero no vende en nuestros días. En el mundo en que vivimos, si no explotas te explotan; si no estás por encima de los demás, los demás te pisotearán. Este sentimiento es instintivo y mueve a la mayoría de las personas a defenderse con violencia, incluso antes de que el atraco se cometa. Pero hay que tener en cuenta que esta postura obedece al puro instinto de conservación y no te lleva a la plenitud humana. Descubrir que “sufrir la injusticia es mucho más humano que cometerla” exige una enorme maduración cristiana.

La actitud individual es un sentimiento que está al servicio del ego. Tenemos que superar ese egoísmo si queremos entrar en la dinámica del amor, es decir, de la verdadera realización humana. Es el oprimir al otro, no que intenten oprimirme, lo que me destroza como ser humano. Jesús prefirió que le mataran antes de imponerse a los demás. Esta es la clave que no queremos descubrir, porque nos obligaría a cambiar nuestras actitudes para con los demás. En contra de lo que nos dice el instinto, cuando me impongo a los demás no soy más sino menos humano.

Jesús, el hombre compasivo…

El evangelio de hoy es una perícopa preciosa. Llama la atención la HUMILDAD DEL LEPROSO: Si quieres, si tú quieres, puedes limpiarme. Y llama la atención  la COMPASION DE JESUS… Se mueve a compasión, dice el texto. Llama la atención la humildad del leproso. Pide sin exigir, y cuando recibe, da las gracias. Tenemos mucho que aprender de los pobres y de los que sufren. Quien pide con exigencia y autosuficiencia seguramente no recibirá nada. Porque estas dos actitudes de humildad y de acción de gracias tienen que acompañar siempre cualquier petición que hagamos a otros, porque Dios ama a los humildes y resiste a los soberbios.

Adquiere mayor importancia cuando todos sabemos que los leprosos eran excluidos de la sociedad israelita, nadie se podía acercar a ellos porque “eran apestados” de la sociedad y rechazados por todas las personas. Vivian normalmente en los cementerios. Esto se debía a la creencia que la lepra era una enfermedad maldita que podía contagiar y contaminar.

Las actitudes de Jesús son maravillosas:

  •  Siente LASTIMA, COMPASIÓN, se conmueve
  •  Extiende la mano y lo toca… Esto no lo podía hacer ningún israelita, estaba prohibido por la ley
  • Le ofrece la confianza de que su petición ha sido oída
  •  LE CURA Y LO DEJA LIMPIO

Nosotras, hermanas mercedarias de la caridad hemos recibido nuestra vocación para tener los mismos sentimientos de Jesús y repetir en el mundo de hoy sus gestos redentores.

Sin duda, orar la página evangélica de hoy, y de cada día, nos puede conducir a tener las actitudes y sentimientos de Jesús. Por vocación, nos tenemos que configurar con el Jesús del Evangelio para hacer bien a la humanidad. Hoy no nos vamos a encontrar con leprosos. Pero sí nos vamos a encontrar con personas necesitadas, con personas que sufren, con hermanas que nos necesitan, con personas heridas. El texto dice que Jesús, ante estas personas, SIENTE COMPASIÓN… Nosotras, discípulas y seguidoras del misericordioso, tenemos que movernos a compasión por lo que veamos hoy de dolor y de herida..

  • Pongamos en marcha el corazón para COMPADECERNOS
  •  Pongamos en marcha nuestros pies para caminar con el que sufre
  •  Pongamos en marcha nuestras manos para servir, apoyar, ayudar, acariciar, dar ánimo, llenar a las personas de esperanza
  •  Y TRATEMOS DE CURAR, EN LA MEDIDA EN QUE PODAMOS, LAS HERIDAS DE LOS DEMÁS.

¡Qué bello os parecerá el día en el que podáis decir al terminarlo… hoy ne curado tal desgracia… Decía nuestro Fundador.

 

 

 

 

La luz del Señor no se había apagado…

Qué bella y honda certeza en el contexto de la llamada del Señor a Samuel… La luz del Señor no se había extinguido todavía.

Me ha dado por pesar que Samuel pudo contestar por tres veces: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad porque la luz del Señor no se había extinguido. Porque es difícil buscar y encontrar la voluntad del Señor sobre cada uno de nosotros si no caminamos a su luz. Con su luz, queda completamente iluminada nuestra vida y vocación, y en su resplandor quedan atrapadas nuestras mejores respuestas. Mirar y contemplar esa luz y alimentar el candil de aceite en  el que se puede convertir nuestra vida, es muy importante.

Le pedía al Señor también, en esta mañana, que la luz del Señor esté en la vida de nuestra familia religiosa y de  cada una de las hermanas, sobre todo en estos tiempos recios, tiempos de los amigos de Dios, como parecía que era Samuel, para que en todo momento acertemos a dar con nuestras palabras y nuestra vida una respuesta de fidelidad al amor eterno y regalado del Señor.

Y que no se apague esta luz depende de nosotras. La luz, la llama que ardía, era candil de aceite. Tenemos que echar todos los días aceite en nuestra lámpara. Aceite de amor, de fidelidad, de respuesta, de alegría gozosa por su llamada, de esperanza y de mucha fe. Que la luz permanezca encendida depende de nosotras. Así aparece en la parábola de las vírgenes prudentes y de las vírgenes necias. Que nuestra vida de mujeres consagradas al servicio del Reino y de la Iglesia sea una vida con pasión, con dinamicidad, con coraje evangélico, con humanidad.

Hoy, por lo menos hoy, sería bueno que todas hiciéramos la experiencia de que la luz del Señor no se ha extinguido todavía, y que ella nos da fuerza para buscar y encontrar la voluntad de Dios y seguirla.

Ojalá que halle gracia ante mi Señor…

Es la oración de Ana, que al ser estéril pedía un hijo al Señor: Que yo halle gracia ante mi Señor. Todas sabemos que la esterilidad en el pueblo de Israel era como un castigo. Y el Señor, ante su petición incesante, le concedió un Hijo. Se considera desde ese  momento una mujer bendecida, agraciada, amada y fortalecida por el amor de su Señor. Es una prefigura de María, nuestra Madre.

Nosotras, en este día, le hacemos al Señor la misma petición: Ojalá que yo halle gracia ante mi Señor. Ojalá que me sienta un mujer bendecida por mi Señor. Ojalá que haga la experiencia de que mi vida no es estéril y que Él la fecunda para derramar sobre la humanidad la maternidad de Dios en gestos de ternura, compasión, consolación.

Repetir hoy esta frase, a modo de oración, como hacía el peregrino ruso, nos puede mantener en contacto permanente con aquel que nos ama y que es fiel: Ojalá que yo halle gracia ante mi Señor. Y que sintamos en nuestro corazón que Él esta, que nos llama a la existencia y a la fecundidad de la misma, y que nos otorga las claves para que nuestra vocación alcance los horizontes del mundo como testimonio de caridad.

Ojala que yo halle gracia ante mi Señor…

Entramos, como de puntillas, en el tiempo litúrgico llamado ordinario..

Se han acabado ya las fiestas de Navidad. Nos hemos quedado con ese sabor a tierra y a encarnación al haber hecho experiencia de la venida de Jesús a nuestra tierra, haberse hecho uno de tantos y de caminar, como uno más, a nuestro lado. Jesús ha venido para quedarse, y, aunque Él después de la resurrección regresó al seno del Padre, jamás nos abandona y sigue caminando a nuestro lado. ¡Qué felicidad saber que Él acompasa nuestros pasos! no va ni delante ni detrás, va nuestro lado.

Hoy, después de estos acontecimiento de la encarnación de Dios, entramos en el tiempo llamado “ordinario”. En este tiempo ordinario, en el que Jesús está y camina a nuestro lado, se nos pide seguir viviendo el misterio de la encarnación con lo que supuso de revelación, de sorpresa y de fascinación al contemplar a un Dios pequeño, pobre, humilde, como uno de tantos y obediente. Se nos pide caminar con Jesús viviendo y revelando este misterio a los hombres y mujeres de hoy. Se nos pide hacer cercano al Dios amor que AMA INTENSAMENTE A TODOS SUS HIJOS E HIJAS… Siendo una de tantas con Jesús, e introducida en el corazón de la tierra, la hermana mercedaria está llamada a gritar al mundo el grande amor de Dios que, además, es liberador y redentor. Está llamada a tener los mismos gestos de Jesús en el Evangelio. No hace falta hacer grandes cosas para vivir el tiempo ordinario con sentido. Simplemente se nos pide vivir lo que el Evangelio de cada día nos presenta como misterio, gracia y transformación de nuestra vida.

Este tiempo, además, ha comenzado con el Evangelio del día. Con dos llamadas importantes:

  • Llamada a la conversión y a creer en la Buena notici
  • Y llamada a  responder a Jesús con prontitud, dejando todo aquello que nos impide seguirle a El con esencialidad. Una llamada que es matutina para todos y que, además, es gratuita. A cada una Jesús nos miró y nos llamó con su infinito amor.

Dispongámonos a vivir este tiempo como un kairos, es decir, como un tiempo no sólo especial, sino como un tiempo de gracia y de oportunidad. A veces utilizamos la palabra kairos para tratar de tiempos especialmente importantes e intensos.  También se suele emplear cuando queremos resaltar o maximizar un acontecimiento determinado que nos parece “extra-ordinario”, es decir, que se escapa de “lo ordinario” del tiempo inocuo y corriente. Y rápidamente le concedemos categoría teologal cuando hablamos del kairós como “tiempo del Espíritu”, o como “nuevo Pentecostés”; ciertamente como si se tratara de “tiempos preñados de Dios” que nosotros escrutamos como tales.  Pues los tiempos de Dios son, en este momento, los “ordinarios”, los de cada día, preñados de Espíritu y de Buenas noticias.

Ojalá que, al vivir así el tiempo, superemos cotidianamente lo rutinario de la vida, lo que nos introduce en las horas anodinas en las que no tenemos nada qué hacer ni qué decir.

El tiempo ordinario es el tiempo de amor, de la fidelidad a toda prueba, de la superación de los momentos en los que la misma vida, a veces, nos hace permanecer “sin pena ni gloria”.  Saber aprovechar el tiempo como espacio del amor y de la entrega, como el ámbito de la alegría de ser y de vivir, es sabiduría del corazón. Pidámosla al Espíritu Santo.

 

 

Recordando…

Hoy, nuestras hermanas más jóvenes de España, han sido convocadas a un taller para ahondar en nuestra vocación y en nuestra misión en la Iglesia. Sin duda, es una oportunidad para recordar tantos momentos vividos al socaire de la vocación y de la fraternidad compartida. Hoy oramos por ellas con intensidad y les recordamos que la Congregación las ama y ama sus respectivas vocaciones al servicio de una Iglesia en salida y de una humanidad sedienta de Dios. Sobre ellas recae ya, como hermanas mercedarias de la caridad, la responsabilidad de gritar al mundo que Dios Padre ama a todos sus hijos, y que la Buena noticia es un camino de felicidad no comparable con otras ofertas, sin duda estupendas también, pero que no llenan del todo el corazón humano. Ellas están convocadas hoy para poner alas a sus pies, dinamismos de vida y de respuesta en sus corazones y mucha esperanza no en el futuro, que no sabemos si llegará, sino en el hoy de nuestra historia, para ser merced y derramar la bondad de Dios en los corazones ulcerados del mundo, como decía nuestro Fundador.

Como hermanas adultas en la fe les decimos: Tenéis una vocación maravillosa… los tiempos en los que estamos son maravillosos, la humanidad os espera. Escribid con vuestra vida de hermanas mercedarias de la caridad la historia más maravillosa  y bella jamás contada: la historia de la liberación de Dios. Cantad el amor de Dios a los cuatro vientos. Hoy tenéis la posibilidad de gritar el amor de Dios, porque vuestros corazones están llenos de Él y sois de verdad discípulas.

No dejéis que vuestra vida se pierda en el anonimato de la inactividad, de lo anodino de cada día, de la rutina y del desaliento. Decía un autor que “las pequeñas minorías tienen la capacidad de cambiar la masa”. Vosotras tenéis esta capacidad. Fuerza, coraje, dinamismo, vida, esperanza, acción, motivación y ¡pies descalzos! Poneos en camino de esperanza… Entregad vuestra vida a la humanidad, a la Iglesia y a los seres humanos desde nuestra familia religiosa como si la transformación de todas las realidades dependiera de vosotras. Abrigad sueños y soñad… no os anquiloséis en estructuras caducas, y no caigas en el error de pensar que las estructuras os impiden ser… llegar a ser… Los dinamismos del ser están dentro de vosotras y es bueno gestar sueños, encender hogueras, dejar que nuestros cuerpos y almas se mueven al amparo de vientos que recrean y dan vida. Ninguna estructura podrá nunca con la fuerza de vuestro amor si este amor es verdadero y se entrega…

Obrad hoy como si todo dependiera de vosotras y sed, en medio del mundo, mujeres comprometidas de verdad con la historia, con la fe y el anuncio de la Iglesia, con la causa de la justicia y de los pobres… Enriqueced el carisma congregacional con los dones de cada una. El mismo Espíritu que hizo a Jesús y que lo lanzó al mundo el día de su Bautismo, está sobre vosotras. Sois hijas amadas del Padre. No defraudéis ni el amor del Padre ni la esperanza del Padre ni la de la humanidad.

CREEMOS EN VOSOTRAS… MUCHA FUERZA.