He venido a traer fuego a la tierra y ¡cómo deseo que arda!

Sin duda es un deseo de Jesús que no solo nos sorprende y nos gusta, sino que nos interpela. Este deseo tiene que ver con que en la tierra tenga lugar el Reinado de Dios y que él mismo pueda cumplir aquello para lo que el Padre le ha enviado. Forma parte de su ser más íntimo y de la vocación recibida para liberar y redimir a los hombres y mujeres de todos los tiempos de sus pecados y esclavitudes.

A Jesús, este fuego le quemaba por dentro. Era como una hoguera incandescente que no le dejaba vivir hasta que se cumpliera la voluntad del Padre. Nosotras, mujeres y discípulas apasionadas por su amor, tenemos también este íntimo deseo: que arda la hoguera del amor de Dios en todos los corazones. Que todos se sientan atrapados por este fuego de amor que supone la felicidad completa y que renueva en la esperanza en tiempos, sobre todo, de oscuridad y de muerte, como son los tiempos en los que nos encontramos.

Dejemos que el fuego del amor del Señor arda en nuestros corazones. Dejemos que este fuego se expanda como amor a nuestro alrededor. Quememos con él y desde él todo aquello que nos esclaviza a nosotras y a los demás, y alimentemos la hoguera del amor eterno de Dios, del amor de Jesús, que hizo camino de amor con todos aquellos con los que se encontró en el camino transmitiéndoles esa pasión grande por el reinado de Dios y su justicia.

Tenemos que ser mujeres apasionadas, mujeres encendidas por un amor que salva, libera, recrea, restaura y da vida. Un amor que, como el fuego, ilumina, quema, calienta, purifica, crea rescoldo de vida y de esperanza. Si encendemos hogueras de amor en este mundo que necesita recibir el calor del fuego ya alimentar nuevas ilusiones y esperanzas, nos encontraremos con rescoldos de fraternidad, de justicia y de paz, de liberación y horizontes abiertos a una nueva vida y a un nuevo orden de cosas…

Radiantes días balanceados por el agua marina,
concentrados como el interior de una piedra amarilla
cuyo esplendor de miel no derribó el desorden:
preservó su pureza de rectángulo.
Crepita, sí, la hora como fuego o abejas
y es verde la tarea de sumergirse en hojas,
hasta que hacia la altura es el follaje
un mundo centelleante que se apaga y susurra.
Sed del fuego, abrasadora multitud del estío
que construye un edén con unas cuantas hojas,
porque la tierra de rostro oscuro no quiere sufrimientos
sino frescura o fuego, agua o pan para todos,
y nada debería dividir a los hombres
sino el sol o la noche, la luna o las espigas. (Pablo Neruda)0

¿Cómo gestiono los dones que Dios me ha dado?

Esta gestión es verdaderamente importante. Mucho más que la gestión de los bienes materiales, que también lo es.

Dios nuestro Padre, con cada una de nosotras, ha roto el molde, dándonos mucho más de lo que jamás hubiéramos podido pensar. A todas nosotras nos ha revestido de bendiciones, gracias, dones humanos, espirituales, carismas etc. El vestido de cada una es multiforme en colores y formas. No hay un ser humano igual a otro y todos hemos recibido una dotación que el Padre quiere y desea que lo hagamos fructificar para hacer realidad su proyecto de amor liberador en el mundo. Tenemos una responsabilidad grande sobre estos dones porque el Evangelio de hoy termina diciendo: A quien mucho se le dio, mucho se le pedirá.

No nos podemos reservar la vida. Todo lo recibido es un don para los demás, para que acontezca el Reino de Dios en la historia de la humanidad. Nuestros dones no nos pertenecen, ni nos pertenecemos nosotras a nosotras mismas. El mejor viaje que emprendemos cada día es un viaje hasta el corazón del otro y de los otros, para darles con generosidad la gracia multiforme que hemos recibido de Dios. Para entregar a la comunidad humana y a nuestras comunidades la luz del Evangelio con los dones recibidos. La auto-referencialidad, el reservarse la vida para uno mismo es lo contrario a lo que pide el Evangelio y, actuando de esta manera, entramos en un camino de empobrecimiento personal que repercute en el empobrecimiento comunitario. Y todos hemos recibido muchos dones de Dios. No vale decir: Yo no he recibido nada, porque haríamos a Dios injusto. Dios Padre, al mirarnos con amor, nos ha hecho semejantes a la perla preciosa para Él y para los demás.

Lo importante es entrar dentro de nosotras mismas y saber discernir y acoger los dones que Dios nos ha dado, gestionarlos bien y ponerlos siempre al servicio con gratuidad y disponibilidad. Aquí tampoco vale ni las comparaciones, que a veces nos paralizan porque nos parece que otros recibieron más, ni las rivalidades. Porque el juicio amoroso de Dios será para cada uno: A quien mucho se le dio mucho se le pedirá.

La vida es un regalo lleno de color y lleno de música, es una caja de sorpresas de la que podemos sacar siempre tesoros nuevos y antiguos, porque la gracia nos renueva cada día en la obra que el Espíritu realiza en nosotras.

Mi lámpara encendida, Señor, testimonio de mi fidelidad…

El Evangelio de hoy nos pedía permanecer con las lámparas encendidas para cuando venga el esposo. Sin duda, esta petición pertenece a los llamados textos esponsales de la Sagrada Escritura cuando hablan de que Cristo es el esposo que un día retornará para hacernos su última llamada como convocación a un amor que será para toda la eternidad.

Hoy he encendido, Señor, mi lámpara de nuevo para ti. Es una felicidad grande la que siente mi corazón y mi alma de poder encender esta lámpara para y por tu amor. Ella ilumina toda mi existencia gracias a que tú, cada día, derramas sobre mí la gracia de tu fidelidad y de tu llamada. Encender todos los días mi lámpara supone confesarte mi amor, proclamar que el tuyo vale más que la vida y que esta lámpara, aunque sea pequeña y débil, iluminará los caminos que recorra hoy y a las personas con las que me encuentre.

Si cada cristiano encendemos hoy nuestra lámpara, el mundo se llenará de esperanza, de júbilo y de fiesta. Porque la luz es siempre un estímulo en el camino, direcciona nuestra vida hacia ti, lo inunda todo de tu amor, hace que se desvanezcan las tinieblas y cada día comenzamos a ver el final del túnel, gracias a ella. La luz enciende nuestra mirada, rescalda el corazón, ilumina nuestra casa y la casa del mundo. El hogar de tu creación vuelve a brillar y todo se llena de sentido y de convocación.

Concédenos, Señor, la gracia, de tener nuestras lámparas encendidas. Que todas nosotras, hermanas mercedarias de la caridad, podamos revelar al mundo con la luz de nuestra pequeña lámpara que la liberación está cerca, que Dios no nos ha abandonado nunca y que es fidelidad total en el amor. Que al llevarla encendida en nuestras frágiles manos, pero desde un corazón enamorado, proclamemos que no hay amor como el tuyo ni lo habrá jamás bajo la faz de la tierra.

El servicio de la caridad en el pensamiento de Benedicto XVI…

«La naturaleza íntima de la Iglesia se expresa en una triple tarea: anuncio de la Palabra de Dios (kerygma-martyria), celebración de los Sacramentos (leiturgia) y servicio de la caridad (diakonia). Son tareas que se implican mutuamente y no pueden separarse una de otra» (Carta enc. Deus caritas est, 25).

El servicio de la caridad es también una dimensión constitutiva de la misión de la Iglesia y expresión irrenunciable de su propia esencia (cf. ibíd.); todos los fieles tienen el derecho y el deber de implicarse personalmente para vivir el mandamiento nuevo que Cristo nos dejó (cf. Jn 15, 12), brindando al hombre contemporáneo no sólo sustento material, sino también sosiego y cuidado del alma (cf. Carta enc. Deus caritas est, 28). Asimismo, la Iglesia está llamada a ejercer la diakonia de la caridad en su dimensión comunitaria, desde las pequeñas comunidades locales a las Iglesias particulares, hasta abarcar a la Iglesia universal; por eso, necesita también «una organización, como presupuesto para un servicio comunitario ordenado» (cf. ibíd., 20), una organización que a su vez se articula mediante expresiones institucionales.

A propósito de esta diakonia de la caridad, en la Carta encíclica Deus caritas est señalé que «es propio de la estructura episcopal de la Iglesia que los Obispos, como sucesores de los Apóstoles, tengan en las Iglesias particulares la primera responsabilidad de cumplir» el servicio de la caridad (n. 32), y observaba que «el Código de Derecho Canónico, en los cánones relativos al ministerio episcopal, no habla expresamente de la caridad como un ámbito específico de la actividad episcopal» (ibíd.). Aunque «el Directorio para el ministerio pastoral de los Obispos ha profundizado más concretamente el deber de la caridad como cometido intrínseco de toda la Iglesia y del Obispo en su diócesis» (ibíd.), en cualquier caso era necesario colmar dicha laguna normativa a fin de expresar adecuadamente, en el ordenamiento canónico, el carácter esencial del servicio de la Caridad en la Iglesia y su relación constitutiva con el ministerio episcopal, trazando los perfiles jurídicos que conlleva este servicio en la Iglesia, especialmente si se presta de manera organizada y con el sostén explícito de los Pastores.

Desde esta perspectiva, por tanto, con el presente Motu proprio deseo proporcionar un marco normativo orgánico que sirva para ordenar mejor, en líneas generales, las distintas formas eclesiales organizadas del servicio de la caridad, que está estrechamente vinculada a la naturaleza diaconal de la Iglesia y del ministerio episcopal.

Se ha de tener muy presente que «la actuación práctica resulta insuficiente si en ella no se puede percibir el amor por el hombre, un amor que se alimenta en el encuentro con Cristo» (ibíd., 34). Por tanto, en la actividad caritativa, las numerosas organizaciones católicas no deben limitarse a una mera recogida o distribución de fondos, sino que deben prestar siempre especial atención a la persona que se encuentra en situación de necesidad y llevar a cabo asimismo una preciosa función pedagógica en la comunidad cristiana, favoreciendo la educación a la solidaridad, al respeto y al amor según la lógica del Evangelio de Cristo. En efecto, en todos sus ámbitos, la actividad caritativa de la Iglesia debe evitar el riesgo de diluirse en una organización asistencial genérica, convirtiéndose simplemente en una de sus variantes (cf. ibíd., 31).

Las iniciativas organizadas que promueven los fieles en el sector de la caridad en distintos lugares son muy diferentes entre ellas y requieren una gestión apropiada. De modo particular, se ha desarrollado en el ámbito parroquial, diocesano, nacional e internacional la actividad de la «Caritas», institución promovida por la Jerarquía eclesiástica, que se ha ganado justamente el aprecio y la confianza de los fieles y de muchas otras personas en todo el mundo por el generoso y coherente testimonio de fe, así como por la concreción a la hora de responder a las peticiones de las personas necesitadas. Junto a esta amplia iniciativa, sostenida oficialmente por la autoridad de la Iglesia, han surgido en diferentes lugares otras múltiples iniciativas, que nacen del libre compromiso de los fieles que quieren contribuir de diferentes maneras con su esfuerzo a testimoniar concretamente la caridad para con las personas necesitadas. Tanto unas como otras son iniciativas distintas en cuanto al origen y al régimen jurídico, aunque expresan igualmente sensibilidad y deseo de responder a una misma llamada.

La Iglesia, en cuanto institución, no puede ser ajena a las iniciativas que se promueven de modo organizado y son libre expresión de la solicitud de los bautizados por las personas y los pueblos necesitados. Por esto, los Pastores deben acogerlas siempre como manifestación de la participación de todos en la misión de la Iglesia, respetando las características y la autonomía de gobierno que, según su naturaleza, competen a cada una de ellas como manifestación de la libertad de los bautizados.

Junto a ellas, la autoridad eclesiástica ha promovido por iniciativa propia obras específicas, a través de las cuales provee institucionalmente a encauzar las donaciones de los fieles, según formas jurídicas y operativas adecuadas que permitan llegar a resolver con más eficacia las necesidades concretas.

“Sirviendo con Él” para mejor entender el Evangelio del domingo…

Tomado de la página Feadulta

col fraymarcos

Mc 10,32-45

Sigue el camino hacia Jerusalén. Al anunciar Marcos tres veces la pasión, está mostrando la rotundidad del mensaje. Al proponer, después de cada anuncio, la radical oposición de los discípulos resalta la dificultad para entenderle. A continuación del primer anuncio, Pedro dice a Jesús que, de pasión y muerte, ni hablar. Después del segundo, los discípulos siguen discutiendo quién era el más importante. Hoy al tercer anuncio de la pasión los dos hermanos pretenden sentarse uno a su derecha y otro a su izquierda ‘en su gloria’.

Uno a tu derecha y otro a tu izquierda. Le llaman maestro, pero le dicen lo que tiene que hacer. Los dos hermanos están pidiendo los primeros puestos en el reino terreno que Jesús va a instaurar. Pero aunque estuvieran pensando en el reino escatológico, estarían manifestando el mismo afán de superioridad. Ya decíamos el domingo pasado que la actitud egoísta es la misma, se pretendan seguridades para el más acá o para el más allá.

No sabéis lo que pedís. Se refleja una diferencia abismal de criterios. Jesús y los discípulos están en distinta longitud de onda. Con esta frase, Marcos está proponiendo una sutil proyección sobre el momento mismo de la muerte de Jesús. Si tenemos en cuenta que, para Jesús, el lugar de la gloria es la cruz, le estarían pidiendo que vayan con él a la muerte. Curiosamente, todos los evangelios nos dicen que, efectivamente, había en aquel momento uno a su derecha y otra a su izquierda, pero eran malhechores comunes.

Los otros diez se indignaron. Señal inequívoca de que todos estaban deseando los mismos puestos. El resto de los discípulos tenían las mismas ambiciones que los dos hermanos, pero eran cobardes y no tenían la valentía de manifestarlo. Normalmente en la protesta por lo que hace otro podemos manifestar el deseo de hacer lo mismo. La inmensa mayoría de los cristianos seguimos intentando utilizar a Dios en nuestro provecho.

Los jefes de los pueblos los tiranizan… Es impresionante el resumen de la manera de utilizar el poder en el mundo. Jesús no crítica ni la democracia ni la monarquía; critica a las personas que ejercen el poder oprimiendo. Jesús da por supuesto que en el ámbito civil, lo normal, es ejercer el poder tiranizando a los demás. ¡Qué distinto lo que propone Jesús! “Nada de eso” sino lo contrario: Servir. Una lección difícil de aprender.

El Hijo de hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir. Ahora no son los jefes de los sacerdotes los que le quitan la vida, sino que es él el que la entrega libremente. Este cambio de perspectiva en muy importante para el sentido general. Al decir que da su vida, el texto griego no dice “zoe” ni “bios” sino “psyche”, que no significa exactamente vida, sino lo humano, lo psicológico, la persona. Dar su vida, no significaría morir, sino poner su humanidad al servicio de los demás mientras vive.

Hoy muy probablemente en la homilía se criticará a la Iglesia porque no sigue el evangelio huyendo de todo poder y sirviendo a todos. Los entes de razón no son sujetos de reacciones humanas. Somos las personas con nombre y apellidos las que seguimos actuando sin tener en cuenta el evangelio. En muy pocos siglos los cristianos volvieron a considerar correcto lo que Jesús había criticado tan duramente en los evangelios.

El evangelio nos dice, por activa y por pasiva, que el cristiano es un ser para los demás. Si no entendemos esto, no hemos comprendido el “a b c” del cristianismo. Pero este mensaje es también la “x”, porque es la incógnita más difícil de despejar, la realidad más camuflada bajo la ideología justificadora que siempre segrega toda religión institucionalizada. Somos cristianos en la medida que nos damos a los demás. Dejamos de serlo en la medida que nos aprovechamos de ellos, de cualquier forma, para estar por encima de ellos.

Este principio básico del cristianismo no ha venido de ningún mundo galáctico. Ha llegado hasta nosotros gracias a un ser humano en todo semejante a nosotros. Lo descubrió en lo más hondo de su ser. Al comprender lo que Dios era en él, al percibirlo como don total, Jesús hizo el más profundo descubrimiento de su vida. Entendió que la grandeza del ser humano consiste en esa posibilidad que tiene de darse como Dios se da.

En ese don total encuentra el hombre su plena realización. Cuando descubre que la base de su ser es el mismo Dios, descubre la necesidad de superar el apego al falso yo. El ego es siempre falso porque es una creación mental, por eso necesita estar siempre afianzándose. Liberado del “ego”, se encuentra con la verdadera realidad que es. En ese momento, su ser se expande y se identifica con el Ser Absoluto. El ser humano se hace uno con Él. No va más. Ni Dios puede añadir nada a ese ser. Es ya una misma cosa en él.

Mientras no haga este descubrimiento, estaré en la dinámica del joven rico, de los dos hermanos y de los demás apóstoles: buscaré más riquezas, el puesto mejor y el dominio de los demás. Si acepto darme a todos por programa­ción, será a regañadientes y esperando una recompensa, aunque sea espiritual. Estoy buscando potenciar mi “ego”. Tampoco se trata de sufrir, de humillarse ante Dios o ante los demás, esperando que me lo paguen con creces. La máxima gloria será vivir y desvivirse en beneficio de los demás.

Los evangelios están escritos desde una visión mítica. En el relato no se cuestiona que Jesús se sentará en su trono ni que habrá alguien a su derecha y a su izquierda. La expresión tan repetida en los evangelios: “reino de Dios” o “reino de los cielos, no debemos entenderla como una realidad que existe en alguna parte sino como una metáfora de lo que Dios es en todos. La mejor prueba es que, a renglón seguido, nos dice que la gloria consiste en el servicio, en el amor manifestado y no en ningún gobierno.

El objetivo último de Jesús fue entregarse, deshacerse en beneficio de los demás. Su consumación en la identificación con Dios fue idéntica realidad a su consumición en favor de los demás. No tiene sentido que lo hiciera esperando una recompensa de gloria. La superación del yo y la identificación con Dios es su máxima gloria. No puede haber más. No hay un Dios que glorifique ni un Jesús glorificado. Cuando Jesús dice. “Yo y el Padre somos uno”, está manifestando que ha llegado a la plenitud de ser.

Meditación

Opresión, tiranía, sometimiento, esclavitud, servidumbre.
Entre vosotros nada de eso, dice Jesús.
Pero todo eso lo encontramos en cada uno de nosotros.
La larga lucha que tuvo Jesús con sus discípulos
es la misma que tenemos que llevar a cabo
cada uno de nosotros contra nuestro falso yo.

Fray Marcos

María es la dulce esperanza de nuestro corazón. Con Ella todo es posible…

Caminamos con María haciendo vida el misterio de Dios. En ella encontramos la posibilidad de entrar, cada día, en el misterio del amor de Dios y de su fidelidad. Caminar con María es hacer la experiencia salvadora y liberadora de Jesús en cada jornada y llegar a tocar, con mano, la ternura de un Dios Padre-Madre para todos y cada uno de sus hijos, un Padre que nos reconoce y nos llama a la existencia constantemente.

Ella es la Madre de la dulce esperanza. La dulce esperanza de nuestros corazones, hambrientos de paz, de consolación, de cercanía y de encuentro. Con ella podemos entablar, en cada momento, un diálogo de amor que nos lleva a sentirnos comprendidos, amados, valorados y reconocidos. La palabra “reconocer” es muy importante. Hasta el mismo Jesús la reclama hoy en el Evangelio del día: Quien me reconozca delante de los hombres… Reconocer es llamar a la existencia, es colocar a cada ser humano en el lugar que le corresponde. Colocarlo, además, con amor, con agradecimiento, con dignidad. Cuando aprendemos a reconocer aprendemos a amar de verdad, porque hacemos sagrada la persona que tenemos enfrente.

Esto es lo que hace María con nosotros. Por eso le llamamos Madre de la dulce esperanza, porque sabemos que Ella nos va a llamar a la existencia con su maternidad gozosa, con su calidad de mujer evangélica, con su sensibilidad humana y espiritual. Y es que “reconocer” y saber reconocer para llamar a la existencia a los seres, es participar de la misma vocación de Dios. María hace esto con todos y cada uno de sus hijos. Con la llamada que nos hace para existir y ser según el plan de Dios, se convierte para cada uno en la dulce esperanza de nuestros corazones. Con Ella, tenemos garantizada la vida.

Santa Teresa de Jesús, una mujer de Dios que “por pura gracia del amor del Señor” alcanzó la mística del amor perfecto…

Me encanta Santa Teresa de Jesús, porque fue una mujer vulnerable. Humanamente considerada, sobre todo en los primeros años de su vida, anduvo perdida por los caminos, siempre en búsqueda de amor humano y, ¿cómo no? también de amor de Dios. Esta búsqueda insaciable de amor le llevó a encontrar el amor de Dios y el amor de Jesús, de quien ella decía que nos ama con corazón de hombre. La contemplación del amor de Jesús, atado a la columna, y el grande amor a Él produjo en ella una total trasformación y un cambio radical en su vida.

Santa Teresa nos puede enseñar muchas cosas para nuestra propia vocación. Entre ellas, nos decían hoy en la Eucaristía, la capacidad de cambio que ella tuvo para pasar de una vida un poco disoluta a una vida totalmente entregada al amor sin condiciones. De una existencia sin compromiso, a comprometerse con el amor que había encontrado y que le llamaba a pertenecerle solo a Él y a cambiar el estilo de vida de los monasterios carmelitanos, en aquel tiempo, bastante disipados.

Pero Santa Teresa nos habla:

De lo importante que son las emociones para todos y cómo hay que cuidarlas, cuidar la dirección de las mismas y de los afectos, porque allí donde se pegan, allí se quedan. Si se pegan al Dios de la alianza, se quedarán con el Dios de la alianza y sus misterios, si se pegan a personas o casas, también se quedarán ahí dejándonos, a veces, como a ella le dejaban, vacía.

Lo esencial que es cuidar también los sentimientos. Y de abrigar sentimientos de un intenso amor hacia Aquel que constantemente llama para pertenecerle por entero. Y a no dejar que los sentimientos se disipen con imaginaciones que, sin duda, nos despistan del camino de la esencialidad que estamos llamados a vivir, como le pasaba a ella.

Lo importante que es tratar de amor constantemente con Aquel que sabemos nos ama, es decir, de entrar en oración de amor, de amistad, de jugosa intimidad con el Señor. Porque solamente en esta jugosa intimidad encontramos la felicidad plena. La oración es un trato de amor, de amistad, de presencia, de jugosa intimidad, de volcar todo nuestro torrente de amor en Aquel que nos ha llamado y es fiel.

La sabiduría que es dejarnos conducir por el Espíritu, y seguir sus mociones e inspiraciones, porque el Espíritu nos va comunicando la voluntad de Dios y convierte nuestra existencia en un dinamismo de Evangelio que la hace imparable. Nos lanza por caminos de transformación y de creatividad evangélica que nadie puede parar ni detener. El Espíritu empujaba a Teresa a no dejar ningún camino sin inspeccionar para plantar sus monasterios.

Lo importante que es el trato humano y las relaciones humanas basadas en la sencillez y la alegría, porque un santo triste, decía ella, es un triste santo. Ella daba también mucha importancia a la amistad humana y la cultivaba.

El bien que hace a la vida del creyente y del discípulo la dirección espiritual. Ella tuvo confesores y directores santos. En el camino de la fe, muchas veces, necesitamos ser conducidos para saber y entender lo que Dios quiere de todos y cada uno de nosotros.

También la importancia de escribir para plasmar en el papel el camino que Dios realiza con nosotros. Para ella fue un camino de cruz, fijos los ojos en Jesús atado a la columna.

Por todo ello, este día de Santa Teresa es un día de acción de gracias por esta gran santa y doctora de la Iglesia, que supo entregar su vida a Dios cuando descubrió que solamente en Él estaban las claves de su felicidad personal y de la transformación del entorno en que vivía. Y mientras llega ese momento de la entrega total de una vida, nos enseña a confiar en la fidelidad de Dios y nos pide que no se turbe nuestro corazón ni se acobarde, porque Dios no se muda de la alianza que ha hecho con todos nosotros.