La importancia de la “minoridad y la pequeñez” en el Reino de Dios…

A veces he pesando que hemos invertido el mensaje del Evangelio. Todo, en el Evangelio, nos habla de sencillez, de pequeñez, de minoridad. Los milagros se realizan en los pequeños y en los pobres; las palabras de Jesús resaltan siempre esta actitud fundamental frente a Dios y las personas; las parábolas están escritas en el mismo sentido.

En contraposición, el mundo en el que vivimos, y la cultura actual, nos presentan un modelo social y un tipo de ser humano que es más importante cuanto más grande es, cuanto más poder tiene, cuando es más grande su capacidad de intervención en los hechos históricos, cuanto más tiene y más gana a todos los niveles.

El Evangelio de hoy nos llama a recuperar la minoridad y la pequeñez como caminos de auténtica realización de nuestra vida y del ser humano sobre la tierra: “Dios ha escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las ha revelado a la gente sencilla”… La sencillez como modelo de vida humana y de vida del ser humano que abre la puerta a los secretos del Dios altísimo, de su amor y de su piedad más grande. Porque solamente Dios es el altísimo, el ser superior que, además, en un momento se hace carne y se introduce en el corazón de la tierra, haciéndose uno de nosotros, pequeño entre los pequeños, y compartiendo la vida humana con todas sus consecuencias.

Hoy, nosotras, hermanas mercedarias de la caridad queremos recuperar esta sencillez, esta pequeñez y minoridad, porque además, forma parte de nuestra espiritualidad. Esta virtud y actitud fue especialmente querida por nuestro Fundador, que, además hoy, nos repite al hilo de estas perícopas evangélicas: es vida el morir a todo para sepultarnos en el autor de la vida. Queremos ser el grano de mostaza y la levadura en la masa. El problema es que para eso TENEMOS QUE DESAPARECER, tenemos que sepultarnos. La vida resurge del interior de la tierra. Tenemos que estar dispuesta a que nos entierren en el humus de la tierra, como se entierra el grano de mostaza, y temeos que estar dispuestas a que se nos introduzca en la masa de harina, como la levadura, para ser fermento. Y desaparecer no es fácil. Pero por lo que parece es esencial para que el Reino acontezca y florezca en medio del mundo.

No se trata de desaparecer para negar nada, para perder nada, sino para ganar la fuerza necesaria, para crecer como un árbol en el que se puedan posar las aves, es decir, la libertad redentora. Y para generar vida y vida abundante como como produce la levadura en la masa. “DESAPARECER” para volver a “APARECER” y llegar a hacer del Reino de Dios la mejor propuesta de humanidad para el mundo moderno.

La mujer encorvada eleva su mirada hacia el cielo…

Tomado de la página: Encuentra.com. Formación católica

Vivía mal. Su mirada no le permitía ver el cielo. Pero un sábado, cuando menos lo pensaba, Jesús pasó por su vida y la enderezó después de dieciocho años de inclinación forzada.El enderezamiento de esta mujer parece algo pequeño si se compara con otros milagros de Jesús, pero la irritación de los fariseos ante el hecho nos permite ver algo más hondo tras este acto compasivo del Señor. Jesús hizo el milagro en sábado y eso da pie a los enemigos del Señor para atacarle. Jesús, a su vez, responde con contundencia. Veamos la narración evangélica: Tomando la palabra el jefe de la sinagoga, indignado porque Jesús curaba en sábado, decía a la muchedumbre: seis días hay en los que es necesario trabajar, venid, pues, en ellos a ser curados, y no en día de sábado. El Señor respondió: ¡Hipócritas!, cualquiera de vosotros ¿no suelta del pesebre en sábado su buey o su asno y lo lleva a beber? Y a ésta hija de Abrahan, a la que Satanás ató hace ya dieciocho años, ¿no era conveniente soltarla de esta atadura en día de sábado? Y cuando decía ésto, quedaban avergonzados todos sus adversarios, y toda la gente se alegraba por todas las maravillas que hacía[304].

La alegría de la gente y la queja rencorosa de los fariseos da mucho que pensar. Unos ven las maravillas de Dios, pero otros, en cambio, no ven -o no quieren ver- la mano de Dios en el milagro. Por eso no les alegra la curación de una hija de Abrahán. La mujer enderezada miraría con asombro la discusión.

La sabiduría más plena consiste en ver las cosas como las ve Dios: comprender el sentido divino que las cosas y las situaciones tienen. Si los hombres se sientesen siempre mirados por Dios su vida sería bien distinta. Dios contempla a cada hombre con mirada amorosa y paternal, y su vida adquiere un colorido y un calor entrañable cuando alguien consigue persuadirse de esta realidad.

El mismo milagro de la mujer encorvada puede dar luz para entender mejor lo que es la presencia de Dios. Había allí una mujer poseída por un espíritu, enferma desde hacía dieciocho años, estaba encorvada sin poder enderezarse de ningún modo. Al verla Jesús, la llamó y le dijo: Mujer, quedas libre de tu enfermedad. Le impuso las manos, y al instante se enderezó y glorificaba a Dios[305].

Vivir encorvado es una postura que ilustra muy bien lo que es vivir sin presencia de Dios. La postura del cuerpo impide ver el cielo. No es posible a la persona encorvada una mirada de amplios horizontes. Su mirada está concentrada en el suelo, o en su propio cuerpo. Está, en cierta manera, ensimismada. Es como una pobreza, no sólo en el cuerpo, sino también del alma. Por el contrario, el que disfruta de horizontes amplios es más fácil que tenga el alma más dilatada: conoce más, porque ve más.

Más importante que la visión de los ojos es la de nuestra mente. Es muy distinto comprender el sentido de los acontecimientos, que estar ciego ante ellos. Un hombre culto ve muchas más cosas que un ignorante; un médico ve los síntomas de la salud o de la enfermedad en aquellos con los que se trata; un sastre su modo de vestir, cualquier profesión da un modo de ver peculiar de la realidad. Ver con fe es captar el fondo último de las cosas y los acontecimientos. Eso es la visión sobrenatural de la vida, sin la cual se vive como encorvado hacia el suelo o hacia sí mismo.

La mujer da gloria a Dios al enderezarse. Su alegría ante la nueva posición del cuerpo, le permite agradecer a Dios el don recibido. Tiene visión sobrenatural. En ella se cumple lo que dice Nuestro Señor Jesucristo: Si tu ojo fuere bueno, todo tu cuerpo quedará iluminado, pero si tu ojo fuere malo, todo tu cuerpo quedará en tinieblas. Mira no sea que la luz que hay en tí sea oscuridad[306].

Para ver las cosas con mirada divina se requiere la iluminación de Dios, pero conviene tener los ojos bien abiertos. Para ver no basta la luz; hay que mirar. Se trata de no pasar por la vida como por un túnel o -como decía Platón viendo las cosas como quien está en una caverna y sólo conoce las sombras por la débil luz que le llega de la abertura de la cueva-. Conviene salir fuera y mirar, adquirir la medida divina de las cosas. Contemplar la belleza de la Creación, encontrar a Dios en todo. Esta es la meta.

Para adquirir la medida divina de las cosas es necesaria la oración. La gracia empapa poco a poco el alma del que reza, y la fe se convierte en luz que permite ver las cosas como las ve Dios. Cierto es que sólo en el Cielo captaremos todo en plenitud; pero en esta vida, si se reza, se va caminando de luz en luz, como el niño que se va convirtiendo en hombre y entiende cada vez mejor las cosas.

Buena meta es conseguir lo que indica Surco: Vamos a no engañarnos…-Dios no es una sombra, un ser lejano, que nos crea y luego nos abandona; no es un amo que se va y ya no vuelve. aunque no lo percibamos con los sentidos, su existencia es más verdadera que la de todas las realidades que tocamos y vemos. Dios está aquí, con nosotros presente y vivo: nos ve, nos oye, nos dirige, y contempla nuestras menores acciones, nuestras intenciones más escondidas.

Creemos esto…, pero ¡vivimos como si Dios no existiera! Porque no tenemos para El ni un pensamiento, ni una palabra; porque no le obedecemos, ni tratamos de dominar nuestras pasiones; porque no le expresamos nuestro amor, ni le desagraviamos…

Aprendiendo siempre a “amar” de verdad, con esencialidad. Precioso artículo.

Un PCR al verbo “amar” en tiempos de pandemia

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En el asunto del amor nos va la vida y precisamente por eso necesitamos recordar con cuánta facilidad nos engañamos a la hora de ponerlo en práctica. Quizá por eso Jesús le hace a Pedro junto al lago un test de diagnóstico rápido: Y cuando le oye responder afirmativamente a su pregunta “¿Me amas más que…?, le pone inmediatamente delante el camino en que verificar la autenticidad de su amor: “Apacienta a los míos, cuídalos, preocúpate, hazte cargo de ellos”.

El test sigue siendo eficaz hoy y quizá en este tiempo de pandemia nos venga bien actualizar sus imperativos[1] y escucharlos como dirigidos personalmente a cada uno de nosotros.

– Si me amas, huye de la obsesión por que termine cuanto antes este tiempo de crisis para poder volver “a lo de antes”. Eso “de antes” estaba absolutamente descompensado y urge reequilibrar el mundo: el sueño de un crecimiento y un consumo sin límites está teniendo consecuencias devastadoras.

– Si me amas, aprende las lecciones de la pandemia: los límites de la autosuficiencia y la común fragilidad, la conciencia de que, frente al virus de la Covid 19, no hay más defensa que el virus de la solidaridad.

– Si me amas, hazte de nuevo las preguntas esenciales, reflexiona sobre los retos planteados, el sentido de la vida, de las cosas y del mundo. Prepárate para defender la vida, apreciarla como nunca, amarla, vivirla; no desde el temor a la muerte, sino desde la alegría de estar vivos.

– Si me amas, piensa junto a otros y a largo plazo sobre el futuro de la condición humana: qué decisiones y políticas públicas son necesarias para defender la vida y su disfrute, su sentido y su sentir.

– Si me amas, desconfínate mentalmente por rebeldía y no resignación, por esperanza y con esperanza. Ponte a favor de una política y una economía de la vida y por la vida y escucha las preguntas de las generaciones futuras sobre qué mundo mejor pueden esperar.

– Si me amas, apacienta las GAFAM (Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft): eres tú el encargado de apacentarlas, no dejes que sea su poder de distracción quien tome el control de tu vida.

– Si me amas, enciende en la oscuridad luz de visión, de orientación y de esperanza.

NOTA por si a alguno le pasa como a Pedro: las consecuencias del amor que Jesús le ponía delante le venían tan grandes, que trató de salirse por la tangente: “- Vale, yo lo intento, pero ¿qué pasa con fulanito y menganito y el otro, que no están por la labor de vivir todo eso?” El corte recibido fue fulminante: “-¿Y a ti qué te importa? Tú, sígueme”. Que en el fondo no es más que la versión adulta del juego “Antón Pirulero” que nos sabíamos los niños de antes: “Cada cual, cada cual, que atienda a su juego”.

Dolores Aleixandre

[1] Están inspirados en el excelente artículo de Manuel Montobbio “Desconfinarnos mentalmente: la invocación a la vida de Jacques Attali” en el que comenta el libro de ese autor: L´économie de la vie. Se préparer a ce qui vient” (El Ciervo, Sept –Oct 2020, p 20-21)

Para mejor comprender el Evangelio del domingo…

Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón – Centro Arrupe

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Domingo treinta del tiempo ordinario (Mt 22,34-40)

Que pena que se use el Santo Nombre de Dios con mala fe, que se use para enredar, para hacer trampas, para hacer daño. Sigue el acoso de saduceos y fariseos, no dejan a Jesús en paz. Es tremenda la insistencia con la que pretenden derrumbarlo, quitarlo de en medio, eliminarlo. ¿Cómo es posible tanto encono? Aceptemos que los humanos podemos llegar a ser muy miserables… y los hombres y mujeres religiosos, por supuesto, también.

Es posible porque perciben a Jesús como peligroso. Lo viven como una amenaza. Saben que su amar y vivir de todo corazón al “Dios de Abraham, Isaac y Jacob como Dios de Vivos y no de muertos”, (leamos la confrontación anterior con los saduceos a propósito de la resurrección [Mt 22,23-33]), una vez más les desenmascara la utilización de Dios para generar sufrimiento y abatimiento en las criaturas con enredos y falacias.

Jesús ama apasionadamente al Dios de los Padres y Madres de Israel, Jesús ama profundamente la Torah, la Ley (el Pentateuco, los cinco primeros libros de la Biblia). En la Ley se narran las grandes historias de Dios con su pueblo y Jesús pertenece a pueblo de Israel, pueblo en el que los cristianos somos una rama injertada (Rom 11,17). San Juan Pablo II lo afirmó con claridad en la primera visita que hacía un Papa a la Sinagoga de Roma: “sois nuestros hermanos mayores en la fe”.

Jesús ama con todo su ser al Dios que vivifica la creación y la historia. Jesús no se concibe sin estar arraigado en este Dios de Vivos, que genera vida… pero Jesús sabe que este Dios siempre nos “aproxima”, nos acerca a sus criaturas para amarlas de todo corazón. Cielo y tierra, Dios y criaturas, alabanza y compasión… no van en paralelo, de ningún modo. El Dios que Jesús ama es el Padre y Creador, y no se puede querer sin querer apasionadamente a sus hijas e hijos. “Cielo y tierra” no están en conflicto, dicen los sabios carismáticos de Israel: “Dios vio que el cielo y la tierra tenían celos el uno de la otra. Por lo que creó al hombre a partir de la tierra y su alma a partir del cielo”

Amar a Dios nos hace “prójimos”, nos aproxima compasivamente a sus criaturas amadas, y amar a las criaturas nos acerca a la Fuente de Agua Viva, al Dios de Vivos. Jesús no cae en la trampa farisea de disquisiciones legales, de qué mandato prima sobre otro, de qué mandato legal es más importante que otro. Jesús va a la raíz y los calla una vez más.

La fe de Israel nos impide separar “los dos amores”, y cuantas veces los cristianos han querido y podemos seguir queriendo arrancar de cuajo las raíces de Jesús, que se expresa en el “antiguo testamento”, para poder hacer de Jesús lo que se nos antoje. No olvidemos los destrozos históricos de ignorar culpablemente la judeidad de Jesús.

El Hijo de Dios se encarnó en una historia concreta y en esa historia de dolor y de alegría, de atinos y de desatinos, de violencias y de paces, de bondad y de maldad… historia de Israel que es nuestra misma historia. Nos mostró en fidelidad a su pueblo que lo único importante es el Amor incondicional. Ni cielo sin tierra, ni tierra sin cielo.

Toni Catalá SJ

El prisionero por Cristo, que es Pablo, nos pide que andemos según la vocación que hemos sido convocados…

Muy interesante esta petición que Pablo a los Efesios y que hoy nos la hace también a nosotras, Hermanas mercedarias de la caridad. Porque la Palabra de Dios de cada día es también para hoy y para cada una de nosotras.

Andar según la vocación a la que habéis sido convocadas…

Pablo expresa este deseo en forma de petición fraterna, en primer lugar, porque es consciente de que esta vocación está enraizada en lo más íntimo de nuestra identidad personal, se configura con ella. Y, en la medida en que la vivimos, nuestra identidad se va realizando y plenificando de día en día.

También porque Pablo sabe que vocación personal y felicidad existencial van indisolublemente unidas. A mayor respuesta a la vocación recibida más profunda va a ser nuestra felicidad personal, porque, una cosa y otra, están en relación directa. A veces nos preguntamos por qué no somos tan felices como nos gustaría ser. Y la respuesta está precisamente aquí. Quien vive la esencialidad de la vocación y las exigencias de la misma, es feliz. Quien vive en la desidia y en la rutina, lógicamente se lamenta de no encontrar sentido y realización a la vida. Vocación que además se vive en fraternidad, porque así lo quiso nuestro Fundador desde los inicios. La convocación se alimenta del amor fraterno expresado en la vocación de cada una. Y muere cuando el individualismo toma carta de ciudadanía en nuestra vida.

En tercer lugar porque la respuesta en fidelidad a la vocación es lo que Dios nos pide cada día como respuesta, igualmente, a la fidelidad amorosa de Dios mismo, que nos sigue regalando cotidianamente esta preciosa vocación con la que ha engalanado nuestra vida. Fidelidad que se convierte en perseverancia de amor en el día a día. La fidelidad no es un concepto, es una actitud existencial de amor que se tiene que dar en cada segundo de nuestra existencia como perseverancia, sin duda y también, en el amor.

En realidad la petición de Pablo es un deseo de que todos los días, cada día, en todos los segundos de nuestra existencia la respuesta a todo acontecimiento y a la vida misma sea según la vocación recibida. Que esta vocación presida toda nuestra jornada, desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, despiertas o dormidas. Que el gran don que Dios nos ha hecho al llamarnos a ser Hermanas mercedarias de la caridad ilumine nuestro corazón en todos los acontecimientos cotidianos y existenciales. Asía la vida se convierte en vocación y va creando la “cultura vocacional que nos pide la Iglesia y la Congregación”.

Si esta exigencia fuera de tal calado que estuviera siempre presente en nuestra existencia, y la respuesta también, seguramente que nuestra vida sería un rayo luminoso que llegase hasta el corazón de Dios, un enamoramiento cada vez más radical de Jesús Redentor y una avanzadilla en la peregrinación de la fe de manos de María, nuestra Madre. Además de ser un camino abierto de liberación para los pobres, de esencialidad en la comunicación de los frutos de la redención y en la construcción del Reino y, sobre todo, seríamos parábola y sacramento de amor en este mundo que busca desesperadamente testigos de la esperanza, horizontes de luz para salir del túnel.

Pues que hoy el Espíritu Santo nos conceda esta gracia. Primero por nuestra felicidad, pues Dios quiere que seamos felices y seamos mujeres realizadas, y, en segundo lugar, porque el mundo necesita la realización de nuestra vocación también para ser feliz y para conocer a un Dios fiel que libera a los pobres de sus esclavitudes.

La belleza salvará el mundo, salvará la humanidad, salvará la Iglesia, salvará las vocaciones… Salvará a todos los que la buscamos como esencia misma de Dios. Por eso hoy vamos a disfrutar con la belleza…

Igor Yebra, uno de nuestros mejores bailarines españoles, baila Romeo y Julieta de Prokofiev. Busquemos la belleza de la expresión, de las emociones, de los gestos, de los momentos, de la sonrisa, de la delicadeza. En el baile descubrimos, sobre todo, la belleza de los gestos. Ojalá que la pudiéramos aprender.