Que la Congregación no utilice a los pobres, que se entregue de verdad a ellos…

Hace muchos años asistí en Madrid a un congreso de Confer sobre la pobreza en España. Hubo ponencias estupendas. Me gustó mucho. Más de 800 personas allí reunidas, en un salón grande,  bien acondicionado, todos bien vestidos… ¡acabábamos de comer! Un ambiente estupendo, lleno de alegría y de gozo. Todos pensamos que, en aquel entonces, cuando la TEOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN ERA EN AUGE, ESTÁBAMOS EN EL CAMINO DE LOS POBRES Y EN EL CAMINO DE LA ENCARNACIÓN. Palabras estupendas las que escuchamos, reflexiones profundas las que oímos, diálogos clarificadores… Al final hubo una  mesa redonda y, entre los varios participantes de la mesa, había un pobre de la calle. Este con mucha humildad y sencillez terminó el congreso diciendo: A VOSOTROS, QUE LO TENEÍS TODO, SOLO OS PEDIRÍA UNA COSA, QUE NO HAGÁIS DE NUESTRA POBREZA CONGRESOS PARA DEJAR VUESTRAS CONCIENCIAS TRANQUILAS. Mientras el mundo no coma, ninguno de vuestros discursos servirán a la humanidad. Hubo un silencio sepulcral y con esa frase terminó el congreso en el que participábamos ¡Jamás se me ha olvidado!

Hermana mercedaria, si hoy puedes dar algo de tu vida, algo de tu tiempo, algo de tu dinero y algo de lo que eres a los pobres ¡Hazlo! ellos son camino de santidad para nosotras y una llamada a vivir la vocación con justicia y caridad

 

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO

II JORNADA MUNDIAL DE LOS POBRES

Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario
18 de noviembre de 2018

Este pobre gritó y el Señor lo escuchó

1. «Este pobre gritó y el Señor lo escuchó» (Sal 34,7). Las palabras del salmista las hacemos nuestras desde el momento en el que también nosotros estamos llamados a ir al encuentro de las diversas situaciones de sufrimiento y marginación en la que viven tantos hermanos y hermanas, que habitualmente designamos con el término general de “pobres”. Quien ha escrito esas palabras no es ajeno a esta condición, sino más bien al contrario. Él ha experimentado directamente la pobreza y, sin embargo, la transforma en un canto de alabanza y de acción de gracias al Señor. Este salmo nos permite también hoy a nosotros, rodeados de tantas formas de pobreza, comprender quiénes son los verdaderos pobres, a los que estamos llamados a dirigir nuestra mirada para escuchar su grito y reconocer sus necesidades.

Se nos dice, ante todo, que el Señor escucha a los pobres que claman a él y que es bueno con aquellos que buscan refugio en él con el corazón destrozado por la tristeza, la soledad y la exclusión. Escucha a todos los que son atropellados en su dignidad y, a pesar de ello, tienen la fuerza de alzar su mirada al cielo para recibir luz y consuelo. Escucha a aquellos que son perseguidos en nombre de una falsa justicia, oprimidos por políticas indignas de este nombre y atemorizados por la violencia; y aun así saben que Dios es su Salvador. Lo que surge de esta oración es ante todo el sentimiento de abandono y confianza en un Padre que escucha y acoge. A la luz de estas palabras podemos comprender más plenamente lo que Jesús proclamó en las bienaventuranzas: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5,3).

En virtud de esta experiencia única y, en muchos sentidos, inmerecida e imposible de describir por completo, nace el deseo de contarla a otros, en primer lugar a los que, como el salmista, son pobres, rechazados y marginados. Nadie puede sentirse excluido del amor del Padre, especialmente en un mundo que con frecuencia pone la riqueza como primer objetivo y hace que las personas se encierren en sí mismas.

2. El salmo describe con tres verbos la actitud del pobre y su relación con Dios. Ante todo, “gritar”. La condición de pobreza no se agota en una palabra, sino que se transforma en un grito que atraviesa los cielos y llega hasta Dios. ¿Qué expresa el grito del pobre si no es su sufrimiento y soledad, su desilusión y esperanza? Podemos preguntarnos: ¿Cómo es que este grito, que sube hasta la presencia de Dios, no consigue llegar a nuestros oídos, dejándonos indiferentes e impasibles? En una Jornada como esta, estamos llamados a hacer un serio examen de conciencia para darnos cuenta de si realmente hemos sido capaces de escuchar a los pobres.

Lo que necesitamos es el silencio de la escucha para poder reconocer su voz. Si somos nosotros los que hablamos mucho, no lograremos escucharlos. A menudo me temo que tantas iniciativas, aun siendo meritorias y necesarias, están dirigidas más a complacernos a nosotros mismos que a acoger el clamor del pobre. En tal caso, cuando los pobres hacen sentir su voz, la reacción no es coherente, no es capaz de sintonizar con su condición. Estamos tan atrapados por una cultura que obliga a mirarse al espejo y a preocuparse excesivamente de sí mismo, que pensamos que basta con un gesto de altruismo para quedarnos satisfechos, sin tener que comprometernos directamente.

3. El segundo verbo es “responder”. El salmista dice que el Señor, no solo escucha el grito del pobre, sino que le responde. Su respuesta, como se muestra en toda la historia de la salvación, es una participación llena de amor en la condición del pobre. Así ocurrió cuando Abrahán manifestó a Dios su deseo de tener una descendencia, a pesar de que él y su mujer Sara, ya ancianos, no tenían hijos (cf. Gn 15,1-6). También sucedió cuando Moisés, a través del fuego de una zarza que ardía sin consumirse, recibió la revelación del nombre divino y la misión de hacer salir al pueblo de Egipto (cf. Ex 3,1-15). Y esta respuesta se confirmó a lo largo de todo el camino del pueblo por el desierto, cuando sentía el mordisco del hambre y de la sed (cf. Ex 16,1-16; 17,1-7), y cuando caían en la peor miseria, es decir, la infidelidad a la alianza y la idolatría (cf. Ex 32,1-14).

La respuesta de Dios al pobre es siempre una intervención de salvación para curar las heridas del alma y del cuerpo, para restituir justicia y para ayudar a reemprender la vida con dignidad. La respuesta de Dios es también una invitación a que todo el que cree en él obre de la misma manera, dentro de los límites humanos. La Jornada Mundial de los Pobres pretende ser una pequeña respuesta que la Iglesia entera, extendida por el mundo, dirige a los pobres de todo tipo y de cualquier lugar para que no piensen que su grito se ha perdido en el vacío. Probablemente es como una gota de agua en el desierto de la pobreza; y sin embargo puede ser un signo de cercanía para cuantos pasan necesidad, para que sientan la presencia activa de un hermano o una hermana. Lo que no necesitan los pobres es un acto de delegación, sino el compromiso personal de aquellos que escuchan su clamor. La solicitud de los creyentes no puede limitarse a una forma de asistencia —que es necesaria y providencial en un primer momento—, sino que exige esa «atención amante» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 199), que honra al otro como persona y busca su bien.

4. El tercer verbo es “liberar”. El pobre de la Biblia vive con la certeza de que Dios interviene en su favor para restituirle la dignidad. La pobreza no es algo buscado, sino que es causada por el egoísmo, el orgullo, la avaricia y la injusticia. Males tan antiguos como el hombre, pero que son siempre pecados, que afectan a tantos inocentes, produciendo consecuencias sociales dramáticas. La acción con la que el Señor libera es un acto de salvación para quienes le han manifestado su propia tristeza y angustia. Las cadenas de la pobreza se rompen gracias a la potencia de la intervención de Dios. Tantos salmos narran y celebran esta historia de salvación que se refleja en la vida personal del pobre: «[El Señor] no ha sentido desprecio ni repugnancia hacia el pobre desgraciado; no le ha escondido su rostro: cuando pidió auxilio, lo escuchó» (Sal 22,25). Poder contemplar el rostro de Dios es signo de su amistad, de su cercanía, de su salvación. Te has fijado en mi aflicción, velas por mi vida en peligro; […] me pusiste en un lugar espacioso (cf. Sal 31,8-9). Ofrecer al pobre un “lugar espacioso” equivale a liberarlo de la “red del cazador” (cf. Sal 91,3), a alejarlo de la trampa tendida en su camino, para que pueda caminar libremente y mirar la vida con ojos serenos. La salvación de Dios adopta la forma de una mano tendida hacia el pobre, que acoge, protege y hace posible experimentar la amistad que tanto necesita. A partir de esta cercanía, concreta y tangible, comienza un genuino itinerario de liberación: «Cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres, de manera que puedan integrarse plenamente en la sociedad; esto supone que seamos dóciles y atentos para escuchar el clamor del pobre y socorrerlo» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 187).

5. Me conmueve saber que muchos pobres se han identificado con Bartimeo, del que habla el evangelista Marcos (cf. 10,46-52). El ciego Bartimeo «estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna» (v. 46), y habiendo escuchado que Jesús pasaba «empezó a gritar» y a invocar al «Hijo de David» para que tuviera piedad de él (cf. v. 47). «Muchos lo increpaban para que se callara. Pero él gritaba más fuerte» (v. 48). El Hijo de Dios escuchó su grito: «“¿Qué quieres que haga por ti?”. El ciego le contestó: “Rabbunì, que recobre la vista”» (v. 51). Esta página del Evangelio hace visible lo que el salmo anunciaba como promesa. Bartimeo es un pobre que se encuentra privado de capacidades fundamentales, como son la de ver y trabajar. ¡Cuántas sendas conducen también hoy a formas de precariedad! La falta de medios básicos de subsistencia, la marginación cuando ya no se goza de la plena capacidad laboral, las diversas formas de esclavitud social, a pesar de los progresos realizados por la humanidad… Cuántos pobres están también hoy al borde del camino, como Bartimeo, buscando dar un sentido a su condición. Muchos se preguntan cómo han llegado hasta el fondo de este abismo y cómo poder salir de él. Esperan que alguien se les acerque y les diga: «Ánimo. Levántate, que te llama» (v. 49).

Por el contrario, lo que lamentablemente sucede a menudo es que se escuchan las voces del reproche y las que invitan a callar y a sufrir. Son voces destempladas, con frecuencia determinadas por una fobia hacia los pobres, a los que se les considera no solo como personas indigentes, sino también como gente portadora de inseguridad, de inestabilidad, de desorden para las rutinas cotidianas y, por lo tanto, merecedores de rechazo y apartamiento. Se tiende a crear distancia entre los otros y uno mismo, sin darse cuenta de que así nos distanciamos del Señor Jesús, quien no solo no los rechaza sino que los llama a sí y los consuela. En este caso, qué apropiadas se nos muestran las palabras del profeta sobre el estilo de vida del creyente: «Soltar las cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo» (Is 58,6-7). Este modo de obrar permite que el pecado sea perdonado (cf. 1P 4,8), que la justicia recorra su camino y que, cuando seamos nosotros los que gritemos al Señor, entonces él nos responderá y dirá: ¡Aquí estoy! (cf. Is 58, 9).

6. Los pobres son los primeros capacitados para reconocer la presencia de Dios y dar testimonio de su proximidad en sus vidas. Dios permanece fiel a su promesa, e incluso en la oscuridad de la noche no deja que falte el calor de su amor y de su consolación. Sin embargo, para superar la opresiva condición de pobreza es necesario que ellos perciban la presencia de los hermanos y hermanas que se preocupan por ellos y que, abriendo la puerta de su corazón y de su vida, los hacen sentir familiares y amigos. Solo de esta manera podremos «reconocer la fuerza salvífica de sus vidas» y «ponerlos en el centro del camino de la Iglesia» (Exhort. apost. Evangelii gaudium, 198).

En esta Jornada Mundial estamos invitados a concretar las palabras del salmo: «Los pobres comerán hasta saciarse» (Sal 22,27). Sabemos que tenía lugar el banquete en el templo de Jerusalén después del rito del sacrificio. Esta ha sido una experiencia que ha enriquecido en muchas Diócesis la celebración de la primera Jornada Mundial de los Pobres del año pasado. Muchos encontraron el calor de una casa, la alegría de una comida festiva y la solidaridad de cuantos quisieron compartir la mesa de manera sencilla y fraterna. Quisiera que también este año, y en el futuro, esta Jornada se celebrara bajo el signo de la alegría de redescubrir el valor de estar juntos. Orar juntos en comunidad y compartir la comida en el domingo. Una experiencia que nos devuelve a la primera comunidad cristiana, que el evangelista Lucas describe en toda su originalidad y sencillez: «Perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones. [….] Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno» (Hch 2,42.44-45).

7. Son innumerables las iniciativas que diariamente emprende la comunidad cristiana como signo de cercanía y de alivio a tantas formas de pobreza que están ante nuestros ojos. A menudo, la colaboración con otras iniciativas, que no están motivadas por la fe sino por la solidaridad humana, nos permite brindar una ayuda que solos no podríamos realizar. Reconocer que, en el inmenso mundo de la pobreza, nuestra intervención es también limitada, débil e insuficiente, nos lleva a tender la mano a los demás, de modo que la colaboración mutua pueda lograr su objetivo con más eficacia. Nos mueve la fe y el imperativo de la caridad, aunque sabemos reconocer otras formas de ayuda y de solidaridad que, en parte, se fijan los mismos objetivos; pero no descuidemos lo que nos es propio, a saber, llevar a todos hacia Dios y hacia la santidad. Una respuesta adecuada y plenamente evangélica que podemos dar es el diálogo entre las diversas experiencias y la humildad en el prestar nuestra colaboración sin ningún tipo de protagonismo.

En relación con los pobres, no se trata de jugar a ver quién tiene el primado en el intervenir, sino que con humildad podamos reconocer que el Espíritu suscita gestos que son un signo de la respuesta y de la cercanía de Dios. Cuando encontramos el modo de acercarnos a los pobres, sabemos que el primado le corresponde a él, que ha abierto nuestros ojos y nuestro corazón a la conversión. Lo que necesitan los pobres no es protagonismo, sino ese amor que sabe ocultarse y olvidar el bien realizado. Los verdaderos protagonistas son el Señor y los pobres. Quien se pone al servicio es instrumento en las manos de Dios para que se reconozca su presencia y su salvación. Lo recuerda san Pablo escribiendo a los cristianos de Corinto, que competían ente ellos por los carismas, en busca de los más prestigiosos: «El ojo no puede decir a la mano: “No te necesito”; y la cabeza no puede decir a los pies: “No os necesito”» (1 Co 12,21). El Apóstol hace una consideración importante al observar que los miembros que parecen más débiles son los más necesarios (cf. v. 22); y que «los que nos parecen más despreciables los rodeamos de mayor respeto; y los menos decorosos los tratamos con más decoro; mientras que los más decorosos no lo necesitan» (vv. 23-24). Pablo, al mismo tiempo que ofrece una enseñanza fundamental sobre los carismas, también educa a la comunidad a tener una actitud evangélica con respecto a los miembros más débiles y necesitados. Los discípulos de Cristo, lejos de albergar sentimientos de desprecio o de pietismo hacia ellos, están más bien llamados a honrarlos, a darles precedencia, convencidos de que son una presencia real de Jesús entre nosotros. «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40).

8. Aquí se comprende la gran distancia que hay entre nuestro modo de vivir y el del mundo, el cual elogia, sigue e imita a quienes tienen poder y riqueza, mientras margina a los pobres, considerándolos un desecho y una vergüenza. Las palabras del Apóstol son una invitación a darle plenitud evangélica a la solidaridad con los miembros más débiles y menos capaces del cuerpo de Cristo: «Y si un miembro sufre, todos sufren con él; si un miembro es honrado, todos se alegran con él» (1 Co 12,26). Siguiendo esta misma línea, así nos exhorta en la Carta a los Romanos: «Alegraos con los que están alegres; llorad con los que lloran. Tened la misma consideración y trato unos con otros, sin pretensiones de grandeza, sino poniéndoos al nivel de la gente humilde» (12,15-16). Esta es la vocación del discípulo de Cristo; el ideal al que aspirar con constancia es asimilar cada vez más en nosotros los «sentimientos de Cristo Jesús» (Flp 2,5).

9. Una palabra de esperanza se convierte en el epílogo natural al que conduce la fe. Con frecuencia, son precisamente los pobres los que ponen en crisis nuestra indiferencia, fruto de una visión de la vida excesivamente inmanente y atada al presente. El grito del pobre es también un grito de esperanza con el que manifiesta la certeza de que será liberado. La esperanza fundada en el amor de Dios, que no abandona a quien confía en él (cf. Rm 8,31-39). Así escribía santa Teresa de Ávila en su Camino de perfección: «La pobreza es un bien que encierra todos los bienes del mundo. Es un señorío grande. Es señorear todos los bienes del mundo a quien no le importan nada» (2,5). En la medida en que sepamos discernir el verdadero bien, nos volveremos ricos ante Dios y sabios ante nosotros mismos y ante los demás. Así es: en la medida en que se logra dar a la riqueza su sentido justo y verdadero, crecemos en humanidad y nos hacemos capaces de compartir.

10. Invito a los hermanos obispos, a los sacerdotes y en particular a los diáconos, a quienes se les impuso las manos para el servicio de los pobres (cf. Hch 6,1-7), junto con las personas consagradas y con tantos laicos y laicas que en las parroquias, en las asociaciones y en los movimientos, hacen tangible la respuesta de la Iglesia al grito de los pobres, a que vivan esta Jornada Mundial como un momento privilegiado de nueva evangelización. Los pobres nos evangelizan, ayudándonos a descubrir cada día la belleza del Evangelio. No echemos en saco roto esta oportunidad de gracia. Sintámonos todos, en este día, deudores con ellos, para que tendiendo recíprocamente las manos unos a otros, se realice el encuentro salvífico que sostiene la fe, vuelve operosa la caridad y permite que la esperanza prosiga segura en su camino hacia el Señor que llega.

Vaticano, 13 de junio de 2018
Memoria litúrgica de san Antonio de Padua

Francisco

 

El que intente guardarse su vida, la perderá, y el que la pierda, la recobrará…

 

Nos encontramos, de nuevo, delante de Jesús que ENTREGA SU VIDA LIBREMENTE, SIN QUE NADIE SE LA PIDA, como dice Él mismo en el Evangelio de Juan. Dar la vida porque quien la entrega la recobra y quien se la guarda la pierde para siempre.

Uno de los grandes pecados de los tiempos nuevos, que son los nuestros, según dicen, es el pecado de autorreferencialidad.  El Papa actual no hace más que condenarlo. Dice que es uno de los pecado grandes de la Iglesia y de los que nos llamamos eclesiásticos o domésticos de Dios, aunque la expresión sea un poco fuerte. Pero este pecado es antiguo y nuevo… San Juan nos exhorta hoy a vivir el amor con el hermano y a custodiar este amor en el corazón, se conoce que ya en su tiempo esto fallaba también. Y él, que es el profeta del amor del N. Testamento, lo denuncia. Tenía yo una profesara, que allá por los años sesenta del siglo pasado, decía: El ser humano es tan egoísta que con palabras o con hechos siempre dice: yo, mi, me, conmigo. Yo, otra vez yo y siempre yo. Ese es nuestro pecado, que no tenemos capacidad de salir de nosotros mismos para entregar la vida, y engordamos nuestro “yo” lo que podemos y siempre que podemos y cuanto más podemos. El yo se ha convertido en el globo que cruza el cosmos.

Esta actitud es contraria al Evangelio. Jesús la ha denunciado de mil modos y maneras,  y también todos los escritos del N. Testamento. Quien pierda su vida por Mí y por el Evangelio la ganará, el que no, la perderá para siempre. Y esta es la gran tragedia del hombre moderno, que vive rodeado de cosas, enganchado a redes sociales que no comprometen su vida, reservándose todo lo que puede para sí y sin entablar relaciones de carne y hueso, humanas, que le pidan la vida a cada paso que da. La consecuencia es que nunca como hasta ahora el ser humano se ha encontrado realmente solo.

Que Jesús en este día nos conceda la gracia de llegar a conocer lo importante que es dar la vida sin que nadie nos la pida, porque de esta manera, los primeros que ganamos somos nosotros, ganan también nuestros hermanos y reconocemos constantemente el manantial de la vida que fluye del corazón de Dios para edificar el Evangelio de la caridad en el mundo y la humanidad con la que soñaba el Beato Zegrí.

Mensaje del Papa Francisco a la Confer de España en su 25 aniversario

 

Queridos hermanos y hermanas:

Me alegra saludaros con ocasión de vuestra Asamblea general, en la que celebráis precisamente los XXV años de la unión de las CONFER masculina y femenina. Estos años de estrecha colaboración entre religiosos y religiosas han sido, sin duda, fecundos. Se han creado lazos de fraternidad, de reciprocidad y comunión, tanto en las tareas propias de la confer como a través de la solidaridad y ayuda entre consagrados y consagradas en muchos momentos y circunstancias.

Os invito a mirar con confianza el futuro de la vida consagrada en España, de acuerdo con el lema elegido para esta Asamblea: «Os daré un futuro lleno de esperanza» (Jr 29,11).

El Señor nos da esperanza con sus constantes mensajes de amor y con sus sorpresas, que a veces nos pueden dejar desorientados, pero nos ayudan a salir de nuestras clausuras mentales y espirituales. Su presencia es de ternura, nos acompaña y nos compromete. Por eso dice: «Sé muy bien lo que pienso hacer con vosotros: designios de paz y no de aflicción, daros un porvenir y una esperanza. Me invocaréis e iréis a suplicarme, y yo os escucharé. Me buscaréis y me encontraréis, si me buscáis de todo corazón. Me dejaré encontrar, y cambiaré vuestra suerte» (Jr 29,11-14). El camino realizado como CONFER tiene una historia fecunda, cargada de ejemplos de dedicación y de santidad oculta y silenciosa. No se deben escatimar esfuerzos para servir y animar la vida consagrada española, para que no le falte la memoria agradecida ni la mirada hacia el futuro, pues no cabe duda de que el estado de la vida religiosa, sin ocultar incertidumbres y preocupaciones, está lleno de oportunidades y también de entusiasmo, pasión y conciencia de que la vida consagrada hoy tiene sentido.

La Iglesia nos necesita profetas, es decir, hombres y mujeres de esperanza. Justamente, uno de los objetivos del año de la vida consagrada animaba a “abrazar el futuro con esperanza”. Conocemos las dificultades que vive hoy la vida religiosa, como la disminución de vocaciones y el envejecimiento de sus miembros, problemas económicos y el reto de la internacionalidad y la globalización, las insidias del relativismo, la marginación y la irrelevancia social…; pero en estas circunstancias se eleva nuestra esperanza en el Señor, el único que nos puede socorrer y salvar (cf. Carta ap. A todos los consagrados con ocasión del año de la vida consagrada, 21 noviembre 2014, 3). Esta esperanza nos lleva a pedir al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies (cf.Mt 9,38), y a trabajar en la evangelización de los jóvenes para que se abran a la llamada del Señor. Es este un gran desafío: estar al lado de los jóvenes para contagiarlos con la alegría del Evangelio y la pertenencia a Cristo. Se necesitan religiosos audaces, que abran nuevos caminos y un planteamiento de la cuestión vocacional como opción fundamental cristiana. Cada tramo de la historia es tiempo de Dios, también el nuestro, pues su Espíritu sopla donde quiere, como quiere y cuando quiere (cf.Jn 3,8). Cualquier momento y circunstancia puede transformarse en un “kairós”; solamente hay que estar atentos para reconocerlo y vivirlo como tal.

María, nuestra Madre, que «guardaba estas cosas y las meditaba en su corazón» (Lc 2,19), nos ayudará a contemplar y a guardar todo lo que no comprendemos del momento actual, acogiéndolo, a la espera de un futuro que, aunque diferente, seguirá siendo fecundo para la vida consagrada.

La vida consagrada camina en santidad. Como religiosos debemos obsesionarnos, desgastarnos y cansarnos viviendo las obras de misericordia, que son el programa de nuestra vida (cf.Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 107). No se trata de ser héroes ni de presentarnos a los demás como modelos, sino de estar con los que sufren, acompañar, buscar con otros caminos alternativos, conscientes de nuestra pobreza, pero también con la confianza puesta en el Señor y en su amor sin límites. De ahí la necesidad de volver a escuchar la llamada a vivir con la Iglesia y en la Iglesia, saliendo de nuestros esquemas y comodidades, para estar cerca de situaciones humanas de sufrimiento y desesperanza que esperan la luz del Evangelio. Los retos que se presentan a la vida religiosa hoy en día son muchos. La realidad que nos toca vivir requiere respuestas y decisiones audaces ante estos desafíos. Los tiempos han cambiado y nuestras respuestas han de ser distintas. Os animo a dar respuesta, tanto a situaciones estructurales que requieren nuevas formas de organización, como a la necesidad de salir y buscar nuevas presencias para ser fieles al Evangelio y cauces del amor de Dios. La vida de oración, el encuentro personal con Jesucristo, el discernimiento comunitario, el diálogo con el obispo han de ser prioritarios a la hora de tomar decisiones. Tenemos que vivir con humilde audacia mirando al futuro y en actitud de escucha del Espíritu, con él podemos ser profetas de esperanza.

Que el Señor os bendiga y la Virgen Santa os acompañe y os ayude a descubrir el camino a seguir. Y, por favor, no os olvidéis de rezar por mí.

Vaticano, 5 de noviembre de 2018

FRANCISCO

Un libro para evitar la “queja permanente de nuestra vida”… Entrevista

 

Written by Juan Ignacio Cortés

El autor italiano Salvo Noé ha escrito uno de los éxitos editoriales de la temporada, publicado en España por San Pablo. Tanto es así que su ‘Prohibido quejarse’ lleva un prólogo escrito por el mismísimo Papa Francisco. Este mes ha estado en Madrid y nos acercamos a conocer su pensamiento.

PREGUNTA: Noé nos salvó del diluvio. ¿De qué aspira a salvarse o salvarnos Salvo Noé?

RESPUESTA: Quisiera dar unos consejos para salvar la especie. Activar mecanismos para vivir mejor nuestra vida. En mi nombre y apellidos quizá había un destino ya marcado (risas). Yo soy Salvo Noé y me ocupo básicamente de almas. De almas perdidas y de almas en transformación porque soy psicólogo y la psicología viene de psiqué que en griego es el alma. La parte espiritual de la persona. Ayudo a hacer pensar de manera productiva y asesoro a entidades civiles, a familias y a personas en general. De esa manera la experiencia de vida de los demás y la mía se intensifica.

P: Salvo Noé escribió el libro, prologado por Francisco. ‘Prohibido quejarse’ es según usted la ley número uno para la protección de la salud y el bienestar. Es una reclamación un poco radical, ¿no?

R: Es fundamental porque es el único modo de preservar la vida, nuestra vida. Es invertir en nuestras posibilidades, en nuestras cualidades mejores. Es bienestar. Es estar bien. Mi libro nace de una exigencia, la de transmitir un mensaje claro. El mensaje es pasar de la queja a una solución. De la queja a una posibilidad. De esta manera podemos lograr amarnos más y disfrutar de la belleza que nos vive dentro. La línea del libro la he pensado como terapeuta. No sólo está dirigido a ámbitos laborales sino también a la familia, a la escuela y a todas esas instituciones que son importantes en nuestra vida.

P: No sé si calificas su libro como un libro de autoayuda pero, por lo que acaba de decir, tiene una dimensión personal y una dimensión colectiva.

R: Nosotros venimos de un sistema que se llama familia. Nacemos ya en un sistema que es la familia. Solos no podemos hacer nada porque solos no nacemos entonces la dimensión social, la dimensión del grupo es fundamental en nuestro crecimiento. La persona, la pareja, la familia, la sociedad, el ambiente de trabajo, todo lo que puede abarcar nuestra vida. Por esto he querido abrir al máximo la temática.

P: Usted sostiene que la queja es inútil pero, entonces, ¿por qué está tan arraigada en las personas?

R: Porque no nos han educado para desarrollar nuestras competencias, para desarrollar la sonrisa y la alegría, las potencialidades y el talento. Hemos recibido una educación prioritariamente negativa y triste.

P: Si no podemos quejarnos, ¿qué nos queda?

R: La vida. La vida no es lamento, es expresión de tus mejores cualidades, de tu potencialidad. La queja bloquea tu potencialidad y no puedes sacar lo mejor de ti. La actitud es rebajada durante la queja, el tórax se encierra y el corazón se encoge. Eso es muerte, no es vida. La vida es apertura. La vida es encuentro, es posibilidad, es ganas de estar. He querido incluir en el libro el amor a la vida. Hay que amarla y evitar estropeársela para que no se vuelva pesada y difícil. Aunque la dificultad permite desarrollar el músculo, el músculo emocional, lo entrena.

P: Entonces, de la vida como valle de lágrimas, ¿nos olvidamos?

R: Las lágrimas también son importantes. Hay momentos en los cuales también son necesarias y vienen bien, como el momento del luto, el momento de la tristeza. Hay momentos para reír y para llorar, para enfadarse… pero hablamos de momentos, no de una situación que dure siempre. Los momentos difíciles se enfrentan y luego la cosa cambia. Hay momentos para morir y momentos para resucitar.

P: Freud, y disculpe si le cito mal, decía que “la salud mental es ser capaz de amar y de trabajar”. ¿De qué andamos peor en esta sociedad?

R: Tenemos dificultad en ambas cuestiones. En el trabajo porque muchas veces la meritocracia no se aplica. Y vamos mal en el amor porque el amor es libertad y en cambio muchas veces interpretamos el amor como posesión.

P: Ha vendido usted miles de libros en Italia y en España y en casi veinte países. El prólogo del Papa Francisco seguro que tiene algo que ver. No sé si le está pasando alguna comisión…

R: Sí, comisiones del corazón. Gracias al libro nos hemos convertido en amigos y estamos buscando entender cómo ayudar más al prójimo. Le entregué mi libro al Papa porque pienso como él. Cuando escuchaba las homilías sobre las quejas pensaba “pensamos igual”. Yo quería encontrarle, encontrar al santo padre porque vamos en la misma línea, tenemos las mismas ideas. He notado una sinergia, una empatía, muy fuerte. Por eso pensé que podíamos hacer algo. Recomiendo escuchar las palabras del Papa y aplicarlas. No importa que seáis religiosos o no. Dejad de lado el aspecto de la figura religiosa. Sus palabras son útiles para la vida.

P: Otro de sus libros es 36 estrategias del bienestar. ¿Cuál es la principal? ¿Tal vez precisamente dejar atrás la queja?

R: Abandonar la queja claro que subsiste. Son todos métodos para desarrollar la belleza interior, el amor, la autoestima, la motivación. El título retoma un libro muy antiguo, por eso son 36 estrategias.

P: Salvo, ha sido un verdadero placer pero, bueno, para que no se me queje usted, ya le voy dejando.

R: Para evitar que yo pueda ser feliz, quédate.

Publicado por Juan Ignacio Cortés