Las hermanas mercedarias de la caridad hemos guardado un minuto de silencio en solidaridad con las víctimas del coronavirus…

Somos creyentes y discípulas del VIVIENTE. Creemos firmemente que Jesús, que subió al Padre para prepararnos un lugar, tiene en su gloria a los que esta terrible pandemia los ha arrebatado de sus seres queridos. Y lo creemos con tanta fe y tanta confianza en la fidelidad de Dios, que hoy hemos alabado, bendecido y dado gracias a Dios porque ellos gozan ya de la eterna felicidad del cielo. Los que se fueron han pasado las fronteras de la eternidad y están disfrutando de la paternidad amorosa de Dios que los tiene entre sus brazos.

Sin embargo, hemos tenido momentos de tristeza y de nostalgia acordándonos de sus familiares. Nada hay más terrible en esta vida que la pérdida de los seres queridos. Comprendemos, pues, hasta el fondo el dolor tan grande que hoy habrán sentido en el corazón. Acogemos su herida y su dolor y acariciamos su corazón con toda la ternura y la consolación que la fe nos regala. Hemos pedido para ellos fortaleza, esperanza en la resurrección y mucha confianza en que Dios, que es Padre, les revelará su rostro, precisamente en los que se han ido.

Hoy España y muchas naciones están de luto por los desaparecidos. Mucho nos gustaría llenar este luto con la alegría de la pascua y la esperanza de la resurrección. Con la luz que brota del Viviente, que es Jesús. Si permanecemos en comunión con Jesús, permaneceremos unidos a los que partieron, porque ellos, con toda certeza, están ya con Jesús resucitado a la derecha del Padre.

Descansen en paz los fallecidos y mucha esperanza para los que aquí lloran sin consuelo por ellos.

María, la Virgen de Pentecostés

Qué estampa tan bella es contemplar a la Virgen, nuestra Madre, haciendo cenáculo con los discípulos de su Hijo. Qué bella es la oración que crea y recrea la comunión en la Iglesia naciente, la unidad, la concordia de ideales y de corazones, la fraternidad en torno a la misma fe y en la espera del Espíritu Santo.

Esta imagen se realiza hoy en todas las comunidades cristianas que lo son de verdad. Nosotros y nosotras, los discípulos de Jesús, nos reunimos en torno a María, aquella que recibió la plenitud del Espíritu Santo cuando ya fue elegida para ser la Madre de Dios y, junto a ella, esperamos al Consolador, al padre de los pobres, al dulce huésped del alma. Esperamos el torrente de vida, de gracia, de esperanza y de consolación que hoy necesitamos para seguir los pasos del Viviente y llevar el Evangelio de la caridad hasta los confines de la tierra. Junto a Ella, sentimos esa brisa suave que es el Espíritu, y ese torrente de fecundidad y de fidelidad, que también lo es. Y nos sentimos impulsados por su fuerza, su fuego abrasador y su dinamismo a construir una Iglesia en salida que lleve los frutos de la redención hasta los confines de la tierra.

El Espíritu Santo nos da fuerza y vigor para salir de nuestras propios miedos y seguridades, de nuestros individualismos y parálisis, y nos envía a inundar el mundo de luz, de Evangelio, de buenas noticias, de esperanza y de futuro. Hoy nos encontramos, en esta situación del mundo, como los discípulos en Pentecostés, llenas de miedo. Pero el miedo paraliza, no nos deja vivir, nos priva del dinamismo y de la fuerza de la vida, nos arrebata el torrente de gracia que llevamos dentro y lo paraliza. El Espíritu viene a darnos vigor, fuerza, dinamismo, esperanza, visión de futuro, nos abre horizontes, nos libera, abrasa nuestro corazón para que podamos encender el mundo en el amor redentor de Dios.

Pidamos a María que permanezca a nuestro lado. Que realice con nosotras, hermanas mercedarias de la caridad, esa oración que nos ponga en comunicación con el Espíritu Santo, para hacer lo que El nos diga y para que nos envíe donde quiera llevarnos al lado de los pobres, porque el Espíritu es el Padre de los pobres. Que de este Pentecostés la Congregación encuentre los caminos de la parresaía evangélica, la forma de anuncio que espera y necesita el mundo y las nuevas formas de vida religiosa que harán de este carisma un torrente, también de Espíritu Santo, para el mundo.

María es el cántaro del amor redentor de Dios…

Hoy hacemos experiencia de que nuestra Madre del cielo es el cántaro del amor redentor y misericordioso de Dios. La imaginamos al lado de su Hijo, con ese cántaro que llevaban las mujeres del pueblo de Israel para ir por agua, y llenarlo del amor misericordioso y redentor de su Hijo Jesús.

Ella, en ese cántaro, sin duda, fue recogiendo todos los gestos redentores de Jesús en su subida de Galilea a Jerusalén. Y los guardaba, tanto en su corazón, cántaro del amor de Dios, como en su vasija de barro, modelada para recoger todas las experiencias redentoras de su Hijo, todos los gestos de liberación y amor.

Es bella esta imagen: María, la mujer del cántaro del amor redentor de Dios. Las hermanas mercedarias de la caridad queremos aprender de Ella a ser vasijas de barro que, en la oración y en la experiencia cotidiana que tenemos del Espíritu, vamos recogiendo todo el amor que recibimos de Dios para entregarlo en gestos sacramentales de caridad a las personas más necesitadas de nuestro mundo. Dios es amor, es caridad, es donación, es entrega gratuita en el amor y en la fidelidad. Nos dio a su Hijo para que en el camino de nuestra existencia no nos faltara la única experiencia que realiza al ser humano, que es el amor. Todas necesitamos beber del cántaro de María en este día el amor que redime y salva, que recrea y cura, que sana las heridas del corazón y restaura el alma.

Acercarnos a nuestra Madre en este día queriendo beber de su cántaro de barro es acercarnos a la vida, a la esperanza, a la fuerza transformadora de su maternidad, a tu condición de hija y de discípula.