Para mejor entender la Palabra de la fiesta del Corpus Christi…

Centro Arrupe de Valencia

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Corpus Christi. Ciclo B. (Mc 14,12-16.22-26)

Al terminar el tiempo de Pascua seguimos retomando en la celebración del domingo dimensiones que han configurado hondamente el vivir de Jesús: el Buen Pastor que no abandona, la Trinidad Santa como ámbito de Compasión en el que se vivió y se entendió a si mismo Jesús, y este domingo volvemos a la vida entregada de Jesús, al pan y vino compartidos, a la vida entregada por amor.

En el evangelio de Marcos, ya desde el principio, herodianos y fariseos conspiran para eliminar a Jesús (Mc 3,6), no soportan su insólita libertad para poner en el centro de su misión el alivio de sufrimiento y la recuperación de la dignidad de las criaturas. La incomprensión de los funcionarios de dios, fariseos y saduceos es total y los que quieren un dios tribal que legitime su ideología, herodianos, no lo soportan. Jesús no abandona, y en un momento determinado ante la incomprensión de sus propios discípulos, hacia la mitad del relato evangélico, los tiene que reunir y dejarles bien claro que este “Hombre ha venido para servir, no para ser servido, y para dar la vida en rescate por todos” (Mc 10,45).

En el pan y la copa compartidos en la ultima cena Jesús vincula a ese compartir su vida entregada que es cuerpo entregado y sangre derramada por nosotros (“Porque la vida de la carne en la sangre está” Lev 17:11). Cuerpo y sangre es su persona su vida. Es el momento en que Jesús expresa toda su vida como don, como servicio para librarnos y rescatarnos.

En el imaginario cristiano, más o menos consciente, tendemos a creer que Jesús nos rescata de la condenación eterna merecida por nuestro pecado que es una ofensa infinita a la que Dios reacciona con ira, y que por lo tanto exige un sacrificio cruento necesario para ofrecer su perdón. ¡Qué imagen más arcaica y cruel de Dios! Que imagen mas oscura de Dios dirá Benedicto XVI. Al contrario, Jesús suelta la vida, la cede, la dona, la entrega porque no puede, para acreditar a un Dios que sólo es Bondad, Compasión y Perdón, generarsufrimiento violencia y muerte incluso en aquellos que lo rechazan. “La vida no me la quitáis, la doy”. Es lo que hemos celebrado en este tiempo de Pascua.

Esto es Eucaristía: convocados y convocadas como cuerpo vivo del Cristo Vivificado y entregado para que percibamos y celebremos que no nos rescata de un dios cruel y tenebroso, sino que nos rescata de la tiniebla y crueldad que anida en nosotros mismos cuando nos queremos afirmar, caiga quien caiga. Sin Eucaristía no puede haber recintos en los que se muestre que hay motivos para seguir esperando en este mundo tan desquiciado, porque ella nos libra del orgullo, de la dureza de corazón y de nuestros ensimismamientos. Sin Eucaristía no hay Iglesia, no hay comunidad que desea configurarse con Jesús. Cada vez que compartimos el pan y vino, su cuerpo y su sangre, su vida, nos hace mejores personas, nos hace participar de su persona y su causa.

La Eucaristía es Presencia vivificante que nos lleva a descubrir la Presencia en el “donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre”, que nos lleva a aliviar su Presencia en el sufrimiento del abatido, en el “a mi me lo hicisteis”, a percibir su Presencia allá donde el Espíritu Vivificador nos sigue conduciendo.

Toni Catalá SJ

La herida, y todos llevamos la nuestra, puede acompañar toda nuestra vida, como acompañó la vida de Ignacio de Loyola…

A veces la herida nos puede. Jesús también llevó la suya durante su vida, diría yo. No fue aceptado por las autoridades civiles ni religiosas. Al final de su vida le abrieron el costado, murió en una cruz. Jesús, en quien nos miramos, y a quien contemplamos en este mes de junio, llevó su propia herida por el bien de la humanidad. En la forma de llevarla fue también ejemplo para todos nosotros.

Lo importante es conocer la propia herida, y solos o acompañados por otros, saberla gestionar. La herida se puede curar. Pero la cicatriz siempre nos recordará que la hemos tenido, y que puede volver. Es una gracia tener la herida bajo la confianza de la fe, la esperanza de la superación y el amor que la cura.

Para seguir profundizando en los sentimientos de Cristo…

«TENED LOS SENTIMIENTOS DE CRISTO»

Por Santiago Agrelo. Tomado de la Revista Vida Religiosa

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En comunión con Cristo:

Considera, Iglesia amada del Señor, la gracia que se te ha concedido, pues en los misterios que vas a celebrar, no haces memoria de una historia que no sea tuya o de acontecimientos en los que no hayas participado, sino que recuerdas lo que también tú has vivido, porque el Hijo de Dios se hizo hombre por ti y para ti, por ser tuyo y porque fueses suya, por ser tu esposo y que fueses su esposa, por ser tu cabeza y porque fueses su cuerpo: Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.

Él se rebajó. Dios lo levantó:

No te separes, amada, del Cristo que se rebaja hasta hacer suya tu muerte; y Dios no te separará del Cristo al que su fuerza levanta para darle el «Nombre-sobre-todo-nombre.»

Aprende el camino que él recorre, el camino que él es, el camino de Dios que reconoces como tuyo y del que no quieres desviarte.

Contempla, asómbrate y sigue al que “se despojó de su rango, tomó la condición de esclavo, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y una muerte de cruz”.

Ésa es la humanidad nueva, la de aquellos que, en Cristo y con Cristo, van por el camino del abajamiento, de la obediencia, del servicio, de la humildad, hombres y mujeres que, por tener entre ellos los sentimientos propios de Cristo Jesús, no se encierran en sus propios intereses sino que buscan el interés de los demás, tienen entrañas compasivas, y se mantienen unánimes y concordes en un mismo amor.

No imitéis al viejo Adán, que quiso enaltecerse a sí mismo, apropiarse de la condición divina, hacer alarde de Dios, hacer por sí mismo lo que sólo a Dios corresponde hacer. Imitad a Cristo, y dejad que sea el Padre el que os dé un nombre embellecido con la gloria de su Unigénito.

Los días de la pasión del Señor nos recuerdan que el abajamiento, la obediencia, la entrega, la cruz, son la patria de Cristo Jesús, y que ésa es también nuestra patria.

El versículo con que la comunidad eclesial se dispone a escuchar el evangelio de la pasión, nos ayuda a entrar en el corazón del misterio: Jesús escogió esa patria “por nosotros”, escogió la cruz por amor, entró en la angustia de la desdicha para abrir a sus hermanos pobres las puertas de la alegría. Esa luz de amor que ilumina la cruz de Jesús, es la que ha de penetrar la cruz de nuestra entrega; y donde con la Iglesia que mira a Jesús, dijimos: “por nosotros”, con la Iglesia que habla de sí misma, decimos: “por los hermanos”, “por los pequeños”, “por los pobres”, “por el Señor”.

“Hágase tu voluntad”:

Jesús nos enseñó a decirlo cuando oramos al Padre del cielo: “Padre nuestro… hágase tu voluntad”.

Él lo dijo cuando entraba en su agonía: “Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad”.

“Hágase tu voluntad”: nosotros lo decimos con Jesús en su hora, y él lo dice con nosotros en nuestra oración; nosotros lo decimos y comulgamos con la obediencia de Jesús, y él lo dice y comulga con la humildad de nuestra fe; nosotros lo decimos aceptando con Jesús el cáliz que él ha de beber, y él lo dice abrazando con nosotros la cruz que hemos de llevar.

“Hágase tu voluntad”: Dichas por Jesús, las palabras llevan dentro la piedad del Hijo que aprendió, sufriendo, a obedecer. Dichas por nosotros, llevan dentro la humilde confesión de la fe, el aguante en la esperanza de los pequeños, la fuerza con que los pobres se oponen a la violencia de los poderosos.

“Hágase tu voluntad”: Para Jesús y para ti el alimento “es hacer la voluntad del que os ha enviado y llevar a término su obra”.

A ti, como a Jesús, se “te ha dado una lengua de iniciado” en la resistencia al mal, para que sepas decir al abatido las palabras de aliento que aprendiste en la comunión con tu Señor y con el sufrimiento de los pobres.

Tú dices: “Hágase tu voluntad”, y “endureces el rostro como pedernal, sabiendo que no quedarás defraudada”.

“Tened los sentimientos de Cristo”, aclamad con vuestra vida al que viene en nombre del Señor. Llevad la luz de la Pascua, la paz y la gloria de Dios a la vida de los pobres.

Benedicto XVI nos habla de los sentimientos de Cristo comentando el cántico a los Filipenses, que es el que esconde estos sentimientos.

CIUDAD DEL VATICANO, Benedicto XVI sobre el cántico de la Carta a los Filipenses (2, 6-11), «Cristo, siervo de Dios».

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajó hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

1. En toda celebración dominical de las Vísperas, la liturgia nos propone el breve pero denso himno cristológico de la Carta a los Filipenses (Cf. 2, 6-11). Es el himno, recién escuchado, que consideramos en su primera parte (Cf. versículos 6-8), en la que se delinea el paradójico «despojo» del Verbo divino, que deja la gloria divina y asume la condición humana.

Cristo, encarnado y humillado en la muerte más infame, la de la crucifixión, es propuesto como un modelo de vida para el cristiano. Éste, como se afirma en el contexto, debe tener «los mismos sentimientos que Cristo» (versículo 5), sentimientos de humildad, de entrega, de desapego y de generosidad.

2. Ciertamente él posee la naturaleza divina con todas sus prerrogativas. Pero esta realidad trascendente no la interpreta o vive en clave de poder, de grandeza, de dominio. Cristo no utiliza su ser igual a Dios, su dignidad gloriosa y su potencia como instrumento de triunfo, signo de distancia, expresión de aplastante supremacía (Cf. versículo 6). Por el contrario, se «despojó», se vació a sí mismo, sumergiéndose sin reservas en la mísera y débil condición humana. La «forma» («morphe») divina se esconde en Cristo bajo la «forma» («morphe«) humana, es decir, bajo nuestra realidad marcada por el sufrimiento, la pobreza, la limitación y la muerte (Cf. versículo 7).

No se trata, por tanto, de un simple revestimiento, de una apariencia que cambia, como se creía que sucedía con las divinidades de la cultura grecorromana: es la realidad divina de Cristo en una experiencia auténticamente humana. Dios no se presenta sólo como hombre, sino que se hace hombre y se convierte realmente en uno de nosotros, se convierte realmente en «Dios-con-nosotros», no se contenta con mirarnos con una mirada benigna desde el trono de su gloria, sino que entra personalmente en la historia humana, convirtiéndose en «carne», es decir, en realidad frágil, condicionada por el tiempo y el espacio (Cf. Juan 1, 14).

3. El hecho de compartir verdadera y radicalmente la condición humana, a excepción del pecado (Cf. Hebreos 4,15), lleva a Jesús a esa frontera que es el signo de nuestra finitud y caducidad, la muerte. Ahora bien, no tiene lugar como fruto de un mecanismo oscuro o de una ciega fatalidad: nace de su libre elección de obediencia al designio de salvación del Padre (Cf. Filipenses 2, 8).
<br> El apóstol añade que la muerte que afronta Jesús es la de la cruz, es decir, la más degradante, queriendo de este modo ser realmente hermano de todo hombre y mujer, incluso de aquellos que son obligados a un final atroz e ignominioso.

Pero precisamente en la pasión y muerte, Cristo testimonia su adhesión libre y consciente a la voluntad del Padre, como se lee en la Carta a los Hebreos: «aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia» (Hebreos 5, 8).

Detengamos aquí nuestra reflexión sobre la primera parte del himno cristológico, concentrado en la encarnación y en la pasión redentora. Tendremos la ocasión más adelante de profundizar en el itinerario sucesivo, el pascual, que lleva de la cruz a la gloria. El elemento fundamental de esta primera parte del himno me parece ser la invitación a penetrar en los sentimientos de Jesús. Penetrar en los sentimientos de Jesús quiere decir no considerar el poder, la riqueza, el prestigio como los valores supremos de nuestra vida, pues en el fondo no responden a la sed más profunda de nuestro espíritu, sino abrir nuestro corazón al Otro, llevar con el Otro el peso de nuestra vida y abrirnos al Padre de los Cielos con sentido de obediencia y confianza, sabiendo que precisamente, si somos obedientes al Padre, seremos libres. Penetrar en los sentimientos de Jesús: éste debería ser el ejercicio cotidiano de la vida como cristianos.

Concluyamos nuestra reflexión como un gran testigo de la tradición oriental, Teodoreto, obispo de Ciro, en Siria, en el siglo V: «La encarnación de nuestro Salvador representa el cumplimiento más elevado de la solicitud divina por los hombres. De hecho, ni el cielo, ni la tierra, ni el mar, ni el aire, ni el sol, ni la luna, ni los astros, ni todo el universo visible e invisible, creado únicamente con su palabra o más bien traído a la luz por su palabra, según su voluntad, indican su inconmensurable bondad como el hecho de que el Hijo unigénito de Dios, el que subsistía en la naturaleza de Dios (Cf. Filipenses 2, 6), resplandor de su gloria, impronta de su sustancia (Cf. Hebreos 1, 3), que existía en el principio, que estaba con Dios y que era Dios, por el que todo se hizo (Cf. Juan 1, 1-3), tras haber asumido la naturaleza de siervo, apareció en forma de hombre, por su figura humana fue considerado como un hombre, se le vio en la tierra, mantuvo relación con los hombres, cargó con nuestros padecimientos y enfermedades» («Discursos sobre la providencia divina» –«Discorsi sulla provvidenza divina», 10: «Collana di testi patristici», LXXV, Roma 1988, pp. 250-251).

Teodoreto de Ciro continúa su reflexión subrayando precisamente la íntima relación subrayada por el himno de la Carta a los Filipenses entre la encarnación de Jesús y la redención de los hombres. «El Creador con sabiduría y justicia actuó por nuestra salvación. Dado que no quiso servirse sólo de su potencia para ofrecernos el don de la libertad, ni utilizar sólo la misericordia contra quien ha sometido al género humano, para que éste no acusara a la misericordia de injusticia, concibió un camino lleno de amor para los hombres y al mismo tiempo de justicia. De hecho, después de haber asumido la naturaleza vencida del hombre, la lleva a la lucha y la dispone a reparar la derrota, a dispersar a aquel que anteriormente había logrado la victoria, a liberarse de la tiranía de quien había impuesto la esclavitud y a recuperar la primitiva libertad» (ibídem, páginas 251-252)

[Traducción del original italiano realizada por Zenit. Al final de la audiencia, el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. Éstas fueron sus palabras en castellano:]

Queridos hermanos y hermanas:
En la primera parte del Cántico que hemos escuchado, consideramos cómo Cristo «se despoja» (Flp 2,6) de su gloria divina y asume la condición humana. Humillado por la muerte más infame, la crucifixión, es propuesto como modelo de vida para el cristiano. En efecto, éste debe tener «los sentimientos propios de una vida en Cristo Jesús» (v. 5), sentimientos de humildad y de entrega, de desprendimiento y generosidad.

Cristo, aun siendo igual a Dios, no usó su dignidad gloriosa y su poder como instrumento de triunfo, signo de distancia o expresión de supremacía. Al contrario, asumió sin reservas la condición humana, mísera y débil, marcada por el sufrimiento, la pobreza y la fragilidad, sometida al tiempo y al espacio. Esto le lleva hasta la frontera de lo que es nuestra finitud y caducidad, es decir, la muerte, obedeciendo así al designio de salvación querido por el Padre.

Nos proponemos en este mes de junio configurar nuestro corazón con el del Corazón de Jesús, tener un corazón que ama…

De la página “Ecos de la Palabra”

Pureza de corazón

Si en la primera parte del evangelio de hoy Jesús establece la primacía de la Palabra de Dios, en la segunda parte nos hace entender que el cumplimiento exterior de la ley no es suficiente, que es el corazón del hombre el que en definitiva debe orientarse por la voluntad de Dios. La sintonía con Dios debe nacer del interior, no puede limitarse a gestos exteriores. Sólo se ama desde el corazón, por ello, el verdadero culto, la auténtica comunión con Dios, nace del corazón y no del cumplimiento externo de las normas.

Las acciones malvadas  -las que apartan de Dios-, provienen del corazón malvado; por ello, la primera preocupación de una persona debe ser la de tener un corazón puro desde donde es posible transformar el mundo entero.

En el simbolismo bíblico el «corazón» representa el centro, el lugar en el que una persona toma conciencia de sú misma, reflexiona sobre los acontecimientos, medita sobre el sentido de la realidad y asume comportamientos responsables ante la vida y ante el misterio de Dios.

La salvación que ofrece Jesús pasa por el corazón de cada persona, convirtiéndolo con la fuerza del Espíritu en un corazón movido por el amor de Dios para amar a los demás con un corazón semejante al suyo. El auténtico culto, el que nos permite estar y vivir en comunión con Dios pide de nosotros un corazón puro, que se vuelve así en fuente de la vida moral. Un corazón puro no es sólo el que está preparado para la comunión con Dios sino el que está en plena sintonía con su querer, con sus sentimientos y con su proyecto para el mundo.

Jesús cita el decálogo haciendo ver qué sucede cuando creemos ser hombres nuevos y en realidad no lo somos. Presentando una lista selectiva de doce pecados que abarcan distintos campos del comportamiento humano se perfila el hombre viejo y al mismo tiempo se señalan los aspectos de la vida en los que debe brillar la autenticidad del hombre nuevo de corazón puro.

Las maldades que se enumeran corresponden a prohibiciones que se encuentran en las disposiciones del decálogo; se trata de actitudes que hay que evitar porque nos separan de Dios, nos impiden entrar y permanecer en comunión con Él. La raíz del pecado es una decisión no una casualidad. Los actos humanos provienen de un proceso interno de reflexión del que derivan las decisiones. Toda decisión tiene una motivación; cuando la motivación es mala, es decir, está basada en criterios que buscan sólo la ventaja personal con perjuicio de otro, lo que se sigue es una mala acción. Antes de ser acción el pecado se ha “incubado” en el corazón por lo que implica una responsabilidad personal.

En este sentido la fornicación es pecado, porque se actúa movido por un deseo sexual incontrolado que busca la propia satisfacción, haciendo de la pareja un objeto, negando su valor y sacrificando relaciones estables más profundas basadas en el amor. Lo mismo pasa con el robo que es un autoengaño que pone todo, sin respetar el derecho del otro, al servicio de los propios intereses, al grado de llegar a privar a una persona de su propia vida.

Cuando una persona se mueve por sus deseos se pierde de vista la persona del «otro» todas sus acciones están en función de si mismo, encerrándose en su ego y haciéndose incapaz de la comunión con el «Otro» que es Dios. En este sentido el egocéntrico es una persona dañada en la estructura de su personalidad, que encuentra placer en dañar a los demás, que goza al verles sometidos, humillados, vejados, divididos, que se alegra cuando el prójimo cae en desgracia y que tienen como principal motivación engañar, destruir y complicar la vida a los demás.

Quien se mueve por el dinamismo del maligno actúa con doblez, hace un mal uso de su inteligencia con el fin de lograr su deseos ocultos; actúa con desenfreno, se siente con derecho a todo, su criterio de acción es su capricho personal y pasa por encima de los demás, públicamente, sin temor a escandalizar, perdiendo el respeto por sí mismo y por los demás, volviéndose un sin-vergüenza.

A la base de todo está la envidia, es decir, ver con rabia el éxito y la felicidad de los demás por no sentirse suficientemente amado o por sentir valer poco al grado de llegar a ver a los cercanos como una amenaza y considerar que es injusto que tengan lo que tienen como si fuera un derecho que al envidioso le fue negado.

Finalmente el «corazón impuro» llega a la injuria, a considerar no tener nada que agradecerle a Dios; a la insolencia que hace pensar que no se tiene necesidad de Dios, que es posible hacer y deshacer por cuenta propia y a la insensatez que más que referirse a la falta de inteligencia se refiere a no tener disponibilidad para reconocer la grandeza y el poder de Dios, es la pérdida del sentido de las cosas que lleva a acciones desatinadas, sin ningún criterio de valoración moral y por tanto completamente fuera del proyecto de Dios.

A partir de la crítica de los escribas y fariseos que califican de impuras las actitudes de los discípulos Jesús hace un comentario a los Diez Mandamientos enseñando que la Ley se vive desde un nuevo principio espiritual que es el amor, que exige un corazón puro, libre del ímpetu egoísta de los propios deseos para poder estar lleno del sentido de Dios, para reconocer con gratitud nuestra dependencia de Él y la posibilidad que nos da de hacer el bien a nuestros hermanos.