Que Jesús encandile nuestros corazones con su amor. Reflexiona y ora estas palabras que son preciosas…

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Ser en Cristo discípulos misioneros

 

“Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que quien crea en Él tenga vida eterna” (Jn 3,16)

  1. Jesucristo, manifestación del amor de Dios por la humidad

 

Dios invita al género humano a ser y existir en Cristo:

  •   El Hijo del Padre se ha hecho hombre para llevar a cabo la nueva y eterna alianza entre Dios y los hombres y para volvernos a llevar a la intimidad con Él. La unión entre la humanidad y Dios  se realiza perfectamente en el Hijo de Dios encarnado.
  •   El Verbo eterno de Dios eligió hablar con palabras humanas y para revelarnos que cada uno de nosotros es amado por el Padre con el mismo amor del que él está colmado.
  •   El “Amigo” que da la vida por sus amigos y nos propone vivir con él y en el Espíritu la experiencia de la paternidad de Dios: “Ya no os llamo siervos, sino que os llamo amigos, porque todo lo que he aprendido del Padre os lo he dado a conocer” (Jn 15,15)
  •   El Señor, que nos invita a nacer de nuevo y crecer en la fe y el amor hasta el punto de poder decir: “Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí” (Gál 2,20)
  • El Resucitado que está presente en el corazón de cada uno con su doble capacidad de recibir el amor del Padre y de devolverle un amor total.
  • Jesucristo que, con el Padre, nos hacer partícipes de su Espíritu -artesano de nuestra configuración como hijos del Padre y discípulos misioneros de Jesucristo-.

La “vida nueva”, propia de quien ha muerto y resucitado con Cristo en el bautismo, supone:

  • Ser criatura nueva, nacida de Dios, hijo del Padre y hermano de y en Jesús.
  •  Ser en Cristo, lo  cual  equivale a “ser Cristo en nosotros” y a “vivir en Él”.
  • Vivir en Cristo, y actuar desde nuestro ser en Cristo nos lleva a poder decir: Soy yo el que amo, actúo, hablo, oro…, pero desde mi ser en Cristo que es Hijo y hermano. “Estar en Jesús y participar de la vida que él tiene y es, recibida a su vez del Padre, es el centro y el fundamento de la existencia del creyente, y la máxima plenitud a la que el hombre puede aspirar” (Ladaria).
  • Configurarse con Él: La humanidad de Jesús tiene un significado eterno para nosotros, por tanto, todo lo que podamos descubrir del modo en que Jesús vive una vida plenamente humana, nos ofrecerá precisas indicaciones sobre nuestra configuración con Él y sobre el modo al que somos llamados a vivir nuestra historia personal como historia de vida humana.
  •             Los consagrados nos configuramos con Cristo, el Consagrado, origen y principio de toda consagración; es específico nuestro la configuración real con Jesucristo pobre, virgen y obediente, para representarle sacramentalmente en el mundo, es decir, para hacerle de nuevo visiblemente presente entre los hombres, en el misterio de su proexistencia, o sea, en su modo histórico de vivir para el Padre y para los hermanos –para el Reino- adelantando el modo de vida celeste propio del Reino consumado.
  1. Seguir a Jesucristo

La vocación a entrar en la nueva Alianza se indica en el Evangelio con la expresión “seguimiento de Jesús”. La experiencia espiritual cristiana, por tanto, tiene su punto de partida, su fuente histórica y su seno fecundo en el seguimiento de Jesucristo. Y esto es así, porque quien sigue las huellas de Jesús movido por el Espíritu se dispone a recorrer el Camino que le conduce al Padre y, de este modo, se reconoce y vive como hijo Dios de Padre.

En los Evangelios, sobre todo, se plasma de forma clara y vivencial de lo que significa ser cristiano: seguidor –discípulo misionero- del Señor Jesús, lo cual implica creer en Él y creer en lo que Él creyó, dar importancia a lo que Él se la dio, defender lo que Él defendió y morir por lo que Él murió. En definitiva, “pro-seguir” su obra, “per-seguir” su causa y “con-seguir” su plenitud.

El seguimiento de Jesucristo es el principio estructurante y jerarquizador de la vida cristiana, a partir del cual es posible organizar todas las otras dimensiones de la vida. Nace con una llamada, se concreta en una entrega incondicional del discípulo que se une a Él y asume su envío y misión:

  1. La llamada de Jesús, «personal e intransferible», para estar con Él y seguir sus pasos y participar de su misión (cf. Mc 3,14): «Sígueme» (cfr. Mc 1, 18; 2, 14. 15; Mt 4, 20; 4, 22; 9, 9; Lc 5 11; 5, 27; etc.) en boca de Jesús, el Dios que se ha hecho hombre, es una palabra poderosa, palabra de amor que cambiando la vida y le da un nuevo sentido.
  2. Entrega incondicional tiene sentido desde la “autoridad” de Jesús y desde lo “absoluto” del Reino de Dios que convierten en relativo todo lo demás. Por eso, el seguimiento de Jesús lleva consigo la exigencia radical de conversión (cf. Mc 1,1) y dejar todo lo que nos impida o limite a vivir con Él y como Él (dinero, bienes, apego a nosotros mismos y a la propia vida, comodidad, familia…)
  3. Unión con Él: En Jesús de Nazaret, “Dios no solo se hace hombre, sino que el Hijo se ha hecho lo que somos nosotros para que nosotros nos hagamos lo que Él es” (San Ireneo).

La unión con Jesús implica:

  • ü  Ser uno con Él y participar de su misma vida; “ser en Cristo”.
  • ü  “Ser Cristo en nosotros” y “vivir en  Él”; estar en Jesús y participar de la vida que Él tiene – su condición de Hijo- recibida del Padre; vivir su Pascua: “con-sufrir” (Rom 8,17), “con-morir”, “con-vivir” (Rom 6,8), “con-resucitar”, “participar de su gloria” (Ef 2,6) y “ser hijo-heredero” (Rom 8,17).
  • ü  Permanecer en Él y Él en nosotros (Jn 15,1-17).
  • ü  Participar de su santidad -Jesús es “sabiduría, santificación y redención” (1 Cor 1, 30)- y de su Espíritu -“por esto conocemos que estamos en él y él en nosotros: porque él nos ha dado su Espíritu” (1 Jn 4,13)-.

La Iglesia greco-bizantina ha definido al santo como “el muy parecido a Cristo”, la occidental como “otro Cristo”, la rusa como “el loco por Cristo”. Para Pablo, seguir a  Cristo y vivir en Él le lleva a afirmar: “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gál 2,20, Lo cual supone:

  • Vida filial: solo desde Cristo conocer, amar, glorificar, imitar al Padre, estar  en comunión con Él y cumplir su voluntad; vida fraterna; vida en el amor.
  • Vida cristiforme: ser en verdad hijos del Padre según la forma y el camino del Hijo.
  • Vida según el Espíritu: La “vida en Cristo” es presencia actuante del Espíritu.
  • Vida en misión: “vivir el misterio de Cristo enviado” (Juan Pablo II).
  1. Envío y misión: Los discípulos de Jesús son misioneros enviados por Él –«Os haré pescadores de hombres» (Mc 1, 17)- asumen su misma misión de hacer presente el Reino de Dios con la propia persona, las palabras y las obras.

El camino de Jesús y su llamada al seguimiento no se entienden al margen del Reino, que  es el marco, el centro de su vida y el destino de su camino. Jesús llama a los discípulos para que estén con Él y para enviarlos a predicar, es decir, para anunciar el Reino (cf. Mc 14,3), de este modo entran en el dinamismo mesiánico del Maestro y hacen suya la causa por la que Él vivió y murió y resucitó.

El seguidor de Jesús sabe que el Reino ya está presente  y creciendo entre nosotros, pero todavía no ha llegado a su plenitud. Por eso, asume la misión de Jesús con esperanza, mantiene el ritmo radical del seguimiento y vive la certeza de que el Padre llevará a plenitud su promesa salvadora: La instauración plena de su Reino de Dios.

 

Ser en Cristo discípulos misioneros

“Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que quien crea en Él tenga vida eterna” (Jn 3,16)

  1. Jesucristo, manifestación del amor de Dios por la humidad

Dios invita al género humano a ser y existir en Cristo:

  • El Hijo del Padre se ha hecho hombre para llevar a cabo la nueva y eterna alianza entre Dios y los hombres y para volvernos a llevar a la intimidad con Él. La unión entre la humanidad y Dios  se realiza perfectamente en el Hijo de Dios encarnado.
  • El Verbo eterno de Dios eligió hablar con palabras humanas y para revelarnos que cada uno de nosotros es amado por el Padre con el mismo amor del que él está colmado.
  • El “Amigo” que da la vida por sus amigos y nos propone vivir con él y en el Espíritu la experiencia de la paternidad de Dios: “Ya no os llamo siervos, sino que os llamo amigos, porque todo lo que he aprendido del Padre os lo he dado a conocer” (Jn 15,15)
  • El Señor, que nos invita a nacer de nuevo y crecer en la fe y el amor hasta el punto de poder decir: “Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí” (Gál 2,20)
  • El Resucitado que está presente en el corazón de cada uno con su doble capacidad de recibir el amor del Padre y de devolverle un amor total.

Jesucristo que, con el Padre, nos hacer partícipes de su Espíritu -artesano de nuestra configuración como hijos del Padre y discípulos misioneros de Jesucristo-.

La “vida nueva”, propia de quien ha muerto y resucitado con Cristo en el bautismo, supone:

  •  Ser criatura nueva, nacida de Dios, hijo del Padre y hermano de y en Jesús.
  •  Ser en Cristo, lo  cual  equivale a “ser Cristo en nosotros” y a “vivir en Él”.
  •  Vivir en Cristo, y actuar desde nuestro ser en Cristo nos lleva a poder decir: Soy yo el que amo, actúo, hablo, oro…, pero desde mi ser en Cristo que es Hijo y hermano.
  •  “Estar en Jesús y participar de la vida que él tiene y es, recibida a su vez del Padre, es el centro y el fundamento de la existencia del creyente, y la máxima plenitud a la que el hombre puede aspirar” (Ladaria).
  • Configurarse con Él: La humanidad de Jesús tiene un significado eterno para nosotros, por tanto, todo lo que podamos descubrir del modo en que Jesús vive una vida plenamente humana, nos ofrecerá precisas indicaciones sobre nuestra configuración con Él y sobre el modo al que somos llamados a vivir nuestra historia personal como historia de vida humana.

Los consagrados nos configuramos con Cristo, el Consagrado, origen y principio de toda consagración; es específico nuestro la configuración real con Jesucristo pobre, virgen y obediente, para representarle sacramentalmente en el mundo, es decir, para hacerle de nuevo visiblemente presente entre los hombres, en el misterio de su proexistencia, o sea, en su modo histórico de vivir para el Padre y para los hermanos –para el Reino- adelantando el modo de vida celeste propio del Reino consumado.

  1. Seguir a Jesucristo

La vocación a entrar en la nueva Alianza se indica en el Evangelio con la expresión “seguimiento de Jesús”. La experiencia espiritual cristiana, por tanto, tiene su punto de partida, su fuente histórica y su seno fecundo en el seguimiento de Jesucristo. Y esto es así, porque quien sigue las huellas de Jesús movido por el Espíritu se dispone a recorrer el Camino que le conduce al Padre y, de este modo, se reconoce y vive como hijo Dios de Padre.

En los Evangelios, sobre todo, se plasma de forma clara y vivencial de lo que significa ser cristiano: seguidor –discípulo misionero- del Señor Jesús, lo cual implica creer en Él y creer en lo que Él creyó, dar importancia a lo que Él se la dio, defender lo que Él defendió y morir por lo que Él murió. En definitiva, “pro-seguir” su obra, “per-seguir” su causa y “con-seguir” su plenitud.

El seguimiento de Jesucristo es el principio estructurante y jerarquizador de la vida cristiana, a partir del cual es posible organizar todas las otras dimensiones de la vida. Nace con una llamada, se concreta en una entrega incondicional del discípulo que se une a Él y asume su envío y misión:

  1. La llamada de Jesús, «personal e intransferible», para estar con Él y seguir sus pasos y participar de su misión (cf. Mc 3,14): «Sígueme» (cfr. Mc 1, 18; 2, 14. 15; Mt 4, 20; 4, 22; 9, 9; Lc 5 11; 5, 27; etc.) en boca de Jesús, el Dios que se ha hecho hombre, es una palabra poderosa, palabra de amor que cambiando la vida y le da un nuevo sentido.
  2. Entrega incondicional tiene sentido desde la “autoridad” de Jesús y desde lo “absoluto” del Reino de Dios que convierten en relativo todo lo demás. Por eso, el seguimiento de Jesús lleva consigo la exigencia radical de conversión (cf. Mc 1,1) y dejar todo lo que nos impida o limite a vivir con Él y como Él (dinero, bienes, apego a nosotros mismos y a la propia vida, comodidad, familia…)
  3. Unión con Él: En Jesús de Nazaret, “Dios no solo se hace hombre, sino que el Hijo se ha hecho lo que somos nosotros para que nosotros nos hagamos lo que Él es” (San Ireneo).

La unión con Jesús implica:

  • Ser uno con Él y participar de su misma vida; “ser en Cristo”.
  •   “Ser Cristo en nosotros” y “vivir en  Él”; estar en Jesús y participar de la vida que Él tiene – su condición de Hijo- recibida del Padre; vivir su Pascua: “con-sufrir” (Rom 8,17), “con-morir”, “con-vivir” (Rom 6,8), “con-resucitar”, “participar de su gloria” (Ef 2,6) y “ser hijo-heredero” (Rom 8,17).
  • Permanecer en Él y Él en nosotros (Jn 15,1-17).
  • Participar de su santidad -Jesús es “sabiduría, santificación y redención” (1 Cor 1, 30)- y de su Espíritu -“por esto conocemos que estamos en él y él en nosotros: porque él nos ha dado su Espíritu” (1 Jn 4,13)-.

La Iglesia greco-bizantina ha definido al santo como “el muy parecido a Cristo”, la occidental como “otro Cristo”, la rusa como “el loco por Cristo”. Para Pablo, seguir a  Cristo y vivir en Él le lleva a afirmar: “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gál 2,20, Lo cual supone:

  •   Vida filial: solo desde Cristo conocer, amar, glorificar, imitar al Padre, estar  en comunión con Él y cumplir su voluntad; vida fraterna; vida en el amor.
  •  Vida cristiforme: ser en verdad hijos del Padre según la forma y el camino del Hijo.
  • Vida según el Espíritu: La “vida en Cristo” es presencia actuante del Espíritu.
  • Vida en misión: “vivir el misterio de Cristo enviado” (Juan Pablo II).
  1. Envío y misión: Los discípulos de Jesús son misioneros enviados por Él –«Os haré pescadores de hombres» (Mc 1, 17)- asumen su misma misión de hacer presente el Reino de Dios con la propia persona, las palabras y las obras.

El camino de Jesús y su llamada al seguimiento no se entienden al margen del Reino, que  es el marco, el centro de su vida y el destino de su camino. Jesús llama a los discípulos para que estén con Él y para enviarlos a predicar, es decir, para anunciar el Reino (cf. Mc 14,3), de este modo entran en el dinamismo mesiánico del Maestro y hacen suya la causa por la que Él vivió y murió y resucitó.

El seguidor de Jesús sabe que el Reino ya está presente  y creciendo entre nosotros, pero todavía no ha llegado a su plenitud. Por eso, asume la misión de Jesús con esperanza, mantiene el ritmo radical del seguimiento y vive la certeza de que el Padre llevará a plenitud su promesa salvadora: La instauración plena de su Reino de Dios.