Tú eres siempre una misión…

Es un mandato que nos toca de cerca: yo soy siempre una misión; tú eres siempre una misión; todo bautizado y bautizada es una misión. Quien ama se pone en movimiento, sale de sí mismo, es atraído y atrae, se da al otro y teje relaciones que generan vida. Para el amor de Dios nadie es inútil e insignificante. Cada uno de nosotros es una misión en el mundo porque es fruto del amor de Dios. Aun cuando mi padre y mi madre hubieran traicionado el amor con la mentira, el odio y la infidelidad, Dios nunca renuncia al don de la vida, sino que destina a todos sus hijos, desde siempre, a su vida divina y eterna (cf. Ef 1,3-6).

He querido recoger estas palabras del Santo Padre en el mensaje de este año para el domund y en el mes misionero extraordinario para alegrar nuestros corazones en la esperanza y estimularnos en la caridad. Todo bautizado, todo religioso y religiosa, es una misión… para el amor de Dios nadie es inútil o insignificante. Todos somos generadores de vida y de vida abundante. Si esto lo lleváramos grabado a fuego en nuestros corazones, no haríamos la experiencia de que cuando algo ha minado nuestra vida, bien sea por enfermedad o por vejez, dejamos de ser significativos, fecundos e importantes para la misión global de la Iglesia y para el anuncio del Reino.

La consagración bautismal y la consagración religiosa son ya, en medio del mundo, una misión. Tienen la capacidad de provocar vida y vida abundante. Es una gracia pensar que la hermana que esta postrada en una cama sin poderse mover, o aquella otra que tiene 100 años, o la más joven que sufre una enfermedad incurable, o aquella otra de mediana edad que ha perdido la vista y casi no ve, son hermanas que están contribuyendo con su ser más original y único, espacio del amor de Dios y del seguimiento de Jesús, a la evangelización del mundo y a la liberación de la historia.

Esto lo tienen que saber todas las hermanas que están todavía en una vida apostólica activa para que valoren la pasividad crucificada y resucitada del amor de Dios y su fecundidad en las personas que ya no cuentan socialmente… y todas aquellas que, por la edad o la enfermedad, a veces sienten que su vida ha perdido sentido y ya creen no hacer nada y que su vida ha perdido el sentido. Toda nuestra vida es misión de la Iglesia, siempre que el amor de Dios presida nuestros corazones y nuestras relaciones con los demás. El amor todo lo torna fecundo en el proyecto del Reino. Por eso, más allá de la edad o de la enfermedad física, del deterioro de la persona, LO IMPORTANTE ES AMAR, AMAR MUCHO, AMAR SIEMPRE, AMAR SIN DEJAR ESPACIO A OTROS SENTIMIENTOS QUE DESTRUYEN NUESTRAS MEJORES ENERGÍAS.

En este día del domund, y en el corazón de la Iglesia evangelizada y evangelizadora, vamos a pedirle al Señor ser, en el corazón de la misma Iglesia, EL AMOR. Si somos el amor, estaremos permanentemente en una misión que convertirá nuestra vida en un río de bendiciones y de gracias para los demás, tanto si somos jóvenes como si somos mayores, tanto si estamos sanas o enfermas. Lo definitivo de una vida es el amor de Dios vivido y repartido como pan de eucaristía para todos.

Por eso nosotras, hermanas mercedarias, decidamos hoy amar a la manera de Dios siempre y en toda circunstancia. Amar para llegar a ser ese sueño que Dios espera y, sobre todo, para liberar a las personas de sus esclavitudes, haciendo del Evangelio el camino de la humanización del mundo.

Mensaje del Papa para el domingo del Domund de 2019. Oremos, reflexionemos e interioricemos las palabras del Papa…

Intenciones-del-Papa-Francisco

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PARA LA JORNADA MUNDIAL DE LAS MISIONES 2019

Bautizados y enviados:
la Iglesia de Cristo en misión en el mundo

Queridos hermanos y hermanas:

He pedido a toda la Iglesia que durante el mes de octubre de 2019 se viva un tiempo misionero extraordinario, para conmemorar el centenario de la promulgación de la Carta apostólica Maximum illud del Papa Benedicto XV (30 noviembre 1919). La visión profética de su propuesta apostólica me ha confirmado que hoy sigue siendo importante renovar el compromiso misionero de la Iglesia, impulsar evangélicamente su misión de anunciar y llevar al mundo la salvación de Jesucristo, muerto y resucitado.

El título del presente mensaje es igual al tema del Octubre misionero: Bautizados y enviados: la Iglesia de Cristo en misión en el mundo. La celebración de este mes nos ayudará en primer lugar a volver a encontrar el sentido misionero de nuestra adhesión de fe a Jesucristo, fe que hemos recibido gratuitamente como un don en el bautismo. Nuestra pertenencia filial a Dios no es un acto individual sino eclesial: la comunión con Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, es fuente de una vida nueva junto a tantos otros hermanos y hermanas. Y esta vida divina no es un producto para vender —nosotros no hacemos proselitismo— sino una riqueza para dar, para comunicar, para anunciar; este es el sentido de la misión. Gratuitamente hemos recibido este don y gratuitamente lo compartimos (cf. Mt 10,8), sin excluir a nadie. Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, y a la experiencia de su misericordia, por medio de la Iglesia, sacramento universal de salvación (cf. 1 Tm 2,4; 3,15; Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 48).

La Iglesia está en misión en el mundo: la fe en Jesucristo nos da la dimensión justa de todas las cosas haciéndonos ver el mundo con los ojos y el corazón de Dios; la esperanza nos abre a los horizontes eternos de la vida divina de la que participamos verdaderamente; la caridad, que pregustamos en los sacramentos y en el amor fraterno, nos conduce hasta los confines de la tierra (cf. Mi 5,3; Mt 28,19; Hch 1,8; Rm 10,18). Una Iglesia en salida hasta los últimos confines exige una conversión misionera constante y permanente. Cuántos santos, cuántas mujeres y hombres de fe nos dan testimonio, nos muestran que es posible y realizable esta apertura ilimitada, esta salida misericordiosa, como impulso urgente del amor y como fruto de su intrínseca lógica de don, de sacrificio y de gratuidad (cf. 2 Co 5,14-21). Porque ha de ser hombre de Dios quien a Dios tiene que predicar (cf. Carta apost. Maximum illud).

Es un mandato que nos toca de cerca: yo soy siempre una misión; tú eres siempre una misión; todo bautizado y bautizada es una misión. Quien ama se pone en movimiento, sale de sí mismo, es atraído y atrae, se da al otro y teje relaciones que generan vida. Para el amor de Dios nadie es inútil e insignificante. Cada uno de nosotros es una misión en el mundo porque es fruto del amor de Dios. Aun cuando mi padre y mi madre hubieran traicionado el amor con la mentira, el odio y la infidelidad, Dios nunca renuncia al don de la vida, sino que destina a todos sus hijos, desde siempre, a su vida divina y eterna (cf. Ef 1,3-6).

Esta vida se nos comunica en el bautismo, que nos da la fe en Jesucristo vencedor del pecado y de la muerte, nos regenera a imagen y semejanza de Dios y nos introduce en el cuerpo de Cristo que es la Iglesia. En este sentido, el bautismo es realmente necesario para la salvación porque nos garantiza que somos hijos e hijas en la casa del Padre, siempre y en todas partes, nunca huérfanos, extranjeros o esclavos. Lo que en el cristiano es realidad sacramental —cuyo cumplimiento es la eucaristía—, permanece como vocación y destino para todo hombre y mujer que espera la conversión y la salvación. De hecho, el bautismo es cumplimiento de la promesa del don divino que hace al ser humano hijo en el Hijo. Somos hijos de nuestros padres naturales, pero en el bautismo se nos da la paternidad originaria y la maternidad verdadera: no puede tener a Dios como padre quien no tiene a la Iglesia como madre (cf. San Cipriano, La unidad de la Iglesia católica, 4).

Así, nuestra misión radica en la paternidad de Dios y en la maternidad de la Iglesia, porque el envío manifestado por Jesús en el mandato pascual es inherente al bautismo: como el Padre me ha enviado así también os envío yo, llenos del Espíritu Santo para la reconciliación del mundo (cf. Jn 20,19-23; Mt 28,16-20). Este envío compete al cristiano, para que a nadie le falte el anuncio de su vocación a hijo adoptivo, la certeza de su dignidad personal y del valor intrínseco de toda vida humana desde su concepción hasta la muerte natural. El secularismo creciente, cuando se hace rechazo positivo y cultural de la activa paternidad de Dios en nuestra historia, impide toda auténtica fraternidad universal, que se expresa en el respeto recíproco de la vida de cada uno. Sin el Dios de Jesucristo, toda diferencia se reduce a una amenaza infernal haciendo imposible cualquier acogida fraterna y la unidad fecunda del género humano.

El destino universal de la salvación ofrecida por Dios en Jesucristo condujo a Benedicto XV a exigir la superación de toda clausura nacionalista y etnocéntrica, de toda mezcla del anuncio del Evangelio con las potencias coloniales, con sus intereses económicos y militares. En su Carta apostólica Maximum illud, el Papa recordaba que la universalidad divina de la misión de la Iglesia exige la salida de una pertenencia exclusiva a la propia patria y a la propia etnia. La apertura de la cultura y de la comunidad a la novedad salvífica de Jesucristo requiere la superación de toda introversión étnica y eclesial impropia. También hoy la Iglesia sigue necesitando hombres y mujeres que, en virtud de su bautismo, respondan generosamente a la llamada a salir de su propia casa, su propia familia, su propia patria, su propia lengua, su propia Iglesia local. Ellos son enviados a las gentes en el mundo que aún no está transfigurado por los sacramentos de Jesucristo y de su santa Iglesia. Anunciando la Palabra de Dios, testimoniando el Evangelio y celebrando la vida del Espíritu llaman a la conversión, bautizan y ofrecen la salvación cristiana en el respeto de la libertad personal de cada uno, en diálogo con las culturas y las religiones de los pueblos donde son enviados. La missio ad gentes, siempre necesaria en la Iglesia, contribuye así de manera fundamental al proceso de conversión permanente de todos los cristianos. La fe en la pascua de Jesús, el envío eclesial bautismal, la salida geográfica y cultural de sí y del propio hogar, la necesidad de salvación del pecado y la liberación del mal personal y social exigen que la misión llegue hasta los últimos rincones de la tierra.

La coincidencia providencial con la celebración del Sínodo especial de los obispos para la región Panamazónica me lleva a destacar que la misión confiada por Jesús, con el don de su espíritu, sigue siendo actual y necesaria también para los habitantes de esas tierras. Un Pentecostés renovado abre las puertas de la Iglesia para que ninguna cultura permanezca cerrada en sí misma y ningún pueblo se quede aislado, sino que se abran a la comunión universal de la fe. Que nadie se quede encerrado en el propio yo, en la autorreferencialidad de la propia pertenencia étnica y religiosa. La pascua de Jesús rompe los estrechos límites de mundos, religiones y culturas, llamándolos a crecer en el respeto por la dignidad del hombre y de la mujer, hacia una conversión cada vez más plena a la verdad del Señor resucitado que nos da a todos la vida verdadera.

A este respecto, me vienen a la mente las palabras del papa Benedicto XVI al comienzo del encuentro de obispos latinoamericanos en Aparecida, Brasil, en el año 2007, palabras que deseo aquí recordar y hacer mías: «¿Qué ha significado la aceptación de la fe cristiana para los pueblos de América Latina y del Caribe? Para ellos ha significado conocer y acoger a Cristo, el Dios desconocido que sus antepasados, sin saberlo, buscaban en sus ricas tradiciones religiosas. Cristo era el Salvador que anhelaban silenciosamente. Ha significado también haber recibido, con las aguas del bautismo, la vida divina que los hizo hijos de Dios por adopción; haber recibido, además, el Espíritu Santo que ha venido a fecundar sus culturas, purificándolas y desarrollando los numerosos gérmenes y semillas que el Verbo encarnado había puesto en ellas, orientándolas así por los caminos del Evangelio. […] El Verbo de Dios, haciéndose carne en Jesucristo, se hizo también historia y cultura. La utopía de volver a dar vida a las religiones precolombinas, separándolas de Cristo y de la Iglesia universal, no sería un progreso, sino un retroceso. En realidad sería una involución hacia un momento histórico anclado en el pasado» (Discurso en la Sesión inaugural, 13 mayo 2007).

Confiemos a María, nuestra Madre, la misión de la Iglesia. La Virgen, unida a su Hijo desde la encarnación, se puso en movimiento, participó totalmente en la misión de Jesús, misión que a los pies de la cruz se convirtió también en su propia misión: colaborar como Madre de la Iglesia que en el Espíritu y en la fe engendra nuevos hijos e hijas de Dios.

Quisiera concluir con unas breves palabras sobre las Obras Misionales Pontificias, ya propuestas como instrumento misionero en la Maximum illud. Las OMP manifiestan su servicio a la universalidad eclesial en la forma de una red global que apoya al Papa en su compromiso misionero mediante la oración, alma de la misión, y la caridad de los cristianos dispersos por el mundo entero. Sus donativos ayudan al Papa en la evangelización de las Iglesias particulares (Obra de la Propagación de la Fe), en la formación del clero local (Obra de San Pedro Apóstol), en la educación de una conciencia misionera de los niños de todo el mundo (Obra de la Infancia Misionera) y en la formación misionera de la fe de los cristianos (Pontificia Unión Misional). Renovando mi apoyo a dichas obras, deseo que el Mes Misionero Extraordinario de Octubre 2019 contribuya a la renovación de su servicio a mi ministerio misionero.

A los misioneros, a las misioneras y a todos los que en virtud del propio bautismo participan de algún modo en la misión de la Iglesia, les envío de corazón mi bendición.

Vaticano, 9 de junio de 2019, Solemnidad de Pentecostés

Francisco

Para comprender mejor el Evangelio de este domingo…

 

¿SEGUIMOS CREYENDO EN LA JUSTICIA? José Antonio Pagola, tomado de “Fe adulta”…

 

Lc 18, 1-8

Lucas narra una breve parábola indicándonos que Jesús la contó para explicar a sus discípulos «cómo tenían que orar siempre sin desanimarse». Este tema es muy querido al evangelista que, en varias ocasiones, repite la misma idea. Como es natural, la parábola ha sido leída casi siempre como una invitación a cuidar la perseverancia de nuestra oración a Dios.

Sin embargo, si observamos el contenido del relato y la conclusión del mismo Jesús, vemos que la clave de la parábola es la sed de justicia. Hasta cuatro veces se repite la expresión «hacer justicia». Más que modelo de oración, la viuda del relato es ejemplo admirable de lucha por la justicia en medio de una sociedad corrupta que abusa de los más débiles.

El primer personaje de la parábola es un juez que «ni teme a Dios ni le importan los hombres». Es la encarnación exacta de la corrupción que denuncian repetidamente los profetas: los poderosos no temen la justicia de Dios y no respetan la dignidad ni los derechos de los pobres. No son casos aislados. Los profetas denuncian la corrupción del sistema judicial en Israel y la estructura machista de aquella sociedad patriarcal.

El segundo personaje es una viuda indefensa en medio de una sociedad injusta. Por una parte, vive sufriendo los atropellos de un «adversario» más poderoso que ella. Por otra, es víctima de un juez al que no le importa en absoluto su persona ni su sufrimiento. Así viven millones de mujeres de todos los tiempos en la mayoría de los pueblos.

En la conclusión de la parábola, Jesús no habla de la oración. Antes que nada, pide confianza en la justicia de Dios: «¿No hará Dios justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?». Estos elegidos no son «los miembros de la Iglesia» sino los pobres de todos los pueblos que claman pidiendo justicia. De ellos es el reino de Dios.

Luego, Jesús hace una pregunta que es todo un desafío para sus discípulos: «Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?». No está pensando en la fe como adhesión doctrinal, sino en la fe que alienta la actuación de la viuda, modelo de indignación, resistencia activa y coraje para reclamar justicia a los corruptos.

¿Es esta la fe y la oración de los cristianos satisfechos de las sociedades del bienestar? Seguramente, tiene razón J. B. Metz cuando denuncia que en la espiritualidad cristiana hay demasiados cánticos y pocos gritos de indignación, demasiada complacencia y poca nostalgia de un mundo más humano, demasiado consuelo y poca hambre de justicia.

 

José Antonio Pagola

El Evangelio de Lucas, inspirador de nuestra espiritualidad. En él encontramos los rasgos fundamentales de la espiritualidad de nuestra familia religiosa…

Iluminados por el Evangelio de San Lucas

“Bajo el signo de la alegría, la misericordia, el perdón y la libertad”

Hacer un comentario sobre algunos textos del Evangelio no es una tarea fácil. Cuando me lo pidieron sentí una alegría grande y unas “ganas locas de decir algo sobre Jesús”, el caminante amigo de la parábola del Buen Samaritano y de los discípulos de Emaús, que un día me llamó para ser discípula y apóstol de su Reino.

Hoy, cuando quiero emprender esta tarea y después de haber orado el Evangelio de San Lucas, que es el que más me atraía porque es la respuesta a lo que las hermanas mercedarias quieren vivir y regalar como don del Espíritu, no me siento digna de esta empresa. Pero haré lo que esté en mi mano para poder ayudar a algunas personas a enamorarse de la persona y de la obra de Jesús, y para proclamar con mi corazón y con mis labios que no hay camino más feliz en la vida que el camino del seguimiento de Jesús en el Evangelio.

El Evangelio de Lucas nos adentra, sin darnos cuenta, en los elementos constitutivos e integrantes de nuestro carisma y nos desvela la importancia que tiene para todos nosotros vivir estos elementos como realización de nuestra vida y vocación. Lucas es el evangelista, por excelencia, de los gestos redentores que yo quiero vivir como mercedaria.

Este evangelio comienza con una llamada a la “alegría” uno de los elementos fundamentales de la identidad del Instituto, junto con la sencillez. El ángel Gabriel es enviado a María y como pórtico de todo el Evangelio le invita a la alegría, porque Dios se ha complacido en Ella (Lc 1, 26-38). Todo el Evangelio de Lucas es un canto a la alegría cristiana. Recuperar la alegría de la fe y la alegría de la esperanza es muy importante para vivir como auténticos creyentes, haciendo de nuestra vocación cristiana una fuente inagotable en la que los demás puedan beber la Buena noticia del Evangelio.

Es llamado, también, el Evangelio de Lucas el evangelio de la misericordia (Lc 6,1). Porque es en este evangelio donde Jesús no solo revela, sino también encarna, la misericordia entrañable de nuestro Dios que es leal, lento a la ira y rico en piedad. La misericordia de Dios se revela no sólo en las curaciones sino, sobre todo, en el perdón de Dios. Nada devuelve tanto la identidad original a un ser humano como experimentar el perdón que se nos revela en la parábola del Hijo pródigo. La misión a la que está consagrada la Congregación es la práctica de las obras de misericordia espirituales y corporales en la personas de los pobres.

También el Evangelio de Lucas es el Evangelio del Espíritu, que desde las primeras páginas conduce a Jesús al desierto. La salvación y la liberación de Dios llega a la humanidad por la acción poderosa del Espíritu, que asiste a Jesús salvador en todo momento, y que, ungido por Él, llevará a cabo la liberación de todo lo que oprimía al pueblo de Israel y a todos los seres humanos. Nuestras Constituciones recogen uno de los textos más bellos de la misión de Jesús y la nuestra: “El Espíritu de Jesús está sobre mí porque me ha ungido y me ha enviado de liberar a los pobres”.

Así mismo, este Evangelio es el evangelio de los pobres, de aquellos que están en las márgenes de los caminos olvidados de todos. En nuestras Constituciones, los pobres ocupan un lugar privilegiado. Con ellos tenemos que extremar nuestra caridad y nos tenemos que convertir cotidianamente en la providencia visible de sus necesidades. Somos continuadoras de la obra de un Dios que derriba del trono a los poderosos y ensalza a los humildes y a las pobres. Además, hemos sentido ahora una fuerte llamada a ponernos de nuevo en el camino del Fundador, que es el camino de los pobres, para salir a las márgenes donde ellos viven, sufren y están crucificados.

En el Evangelio de Lucas descubrimos también la importancia de la oración. Descubrimos a Jesús orando en varios momentos de su itinerario en la subida de Galilea a Jerusalén y enseñando a orar a sus discípulos. Ello nos impulsa a nosotras, como familia religiosa a cuidar la oración como fuente inagotable de caridad, de gracia, de misericordia, de perdón y de ayuda a cuantos sufren, porque que en la oración se aprenden todas las virtudes, como decía nuestro Fundador y porque la oración alimenta nuestra caridad para ser la providencia visible de todos los que sufren desde las profundidades mismas de la misericordia de Dios.

En Lucas, el seguimiento de Jesús pasa por la esencialidad. Algo que nosotras estamos queriendo vivir y reforzar en esta etapa de nuestra vida. En este Evangelio no se sigue a Jesús de cualquier manera. Es un Evangelio exigente, que compromete seriamente la respuesta del discípulo y su entrega al anuncio de Reino de Dios y su justicia. Las bienaventuranzas de Lucas son radicales e invitan a seguir a Jesús en un proyecto de existencia que compromete toda una vida. Se ha de seguir a Jesús sin mirar atrás y dejándolo todo.

Lucas también nos desvela la importancia de la mujer para Jesús. El tiene discípulos y discípulas. Una verdadera revolución para su tiempo. De esta manera es una fuente de inspiración para nosotras que queremos leer la historia de la humanidad desde el paradigma de la mujer nueva, que es María, y empeñarnos seriamente en elevar la dignidad de la mujer y de salvaguardarla en todos los contextos en los que realizamos la misión apostólica. Además, este Evangelio, es el que más nos habla de María, la discípula por excelencia, la madre de la humanidad herida que acompaña todos los itinerarios de los seres humanos hacia Dios.

Y Lucas, por fin, nos presenta la Buena noticia como acontecimiento. Como acción salvadora y liberadora de Alguien, el Viviente y el resucitado, que está entre nosotros y que vive entre nosotros como salvador y liberador. Así lo descubrimos en todas las apariciones del resucitado y a lo largo de todo el Evangelio, sabiendo como sabemos que los Evangelios se escribieron todos ellos desde el acontecimiento de la resurrección hacia atrás. Nosotras, mujeres llamadas a ser merced de Dios, leemos y vivimos la historia como historia de salvación y de liberación, insertas en el misterio pascual de Jesús: pasión, muerte, bajada a los infiernos y resurrección.

Por todo ello, consideramos que leer, meditar, reflexionar y orar el Evangelio de Lucas no solamente nos posibilita el introducirnos en el acontecimientos salvador y liberador de Jesús alcanzado así nuestra propia salvación y liberación, sino anunciar la presencia de un Dios que siendo amor liberador en todos los contextos, es, sobre todo, ternura, misericordia, compasión, perdón y amor entrañable para todos y cada uno de sus hijos. No sólo leemos nuestra espiritualidad al “hilo de todo lo que nos ofrece este Evangelio” sino que encontramos en todas las palabras y textos una fuente donde nuestra espiritualidad nace, crece, se desarrolla y encuentra su inspiración constante.

Ojala que estos textos, elegidos al hilo de nuestra espiritualidad nos ayuden a ser mercedarios y mercedarias de la caridad para la historia de hoy, merced de Dios en todos los contestos existenciales donde el ser humano vive oprimido y crucificado.

San Ignacio de Antioquía, el santo que quiso hacerse pan de Eucaristía…

San Ignacio de Antioquía fue discípulo directo de San Pablo y San Juan. Segundo sucesor de Pedro en el gobierno de la Iglesia de Antioquía; El primero en llamar a la Iglesia “Católica”. Sus escritos demuestran que la doctrina de la Iglesia Católica viene de Jesucristo por medio de los Apóstoles. Esta doctrina incluye: La Eucaristía; La jerarquía y la obediencia a los obispos; La presidencia de la iglesia de Roma; La virginidad de María y el don de la virginidad; El privilegio que es morir mártir de Cristo.

Condenado a morir devorado por las fieras, fue trasladado a Roma y allí recibió la corona de su glorioso martirio el año 107, en tiempos del emperador Trajano. En su viaje a Roma, escribió siete cartas, dirigidas a varias Iglesias, en las que trata sabia y eruditamente de Cristo, de la constitución de la Iglesia y de la vida cristiana.

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Algunas Enseñanzas de San Ignacio de Antioquía: Tomado de la página Web de los Sagrados corazones…

Los escritos del obispo San Ignacio de Antioquía son de suma importancia porque demuestran la catolicidad de la doctrina desde tiempos apostólicos. Sus cartas constituyen un testimonio de su amor apasionado por Cristo, su profundidad y claridad de pensamiento teológico y profunda humildad. San Ignacio manifiesta absoluta certeza de que su inminente martirio por Cristo es un privilegio, por lo que no quiere que nadie lo obstruya.

Parto Virginal de María. Es el primer escritor fuera del N.T. en escribir sobre esta verdad.
“Y al príncipe de este mundo se le ocultó la virginidad de María y su parto y también la muerte del Señor”. (
Carta a los de Efeso)

Cristo: humano y divino
Como San Juan, San Ignacio nos muestra que Cristo es humano y divino. “Hijo de María e hijo de Dios, primero pasible, después impasible, Jesucristo Nuestro Señor” (Efes., c. xvii). Su doctrina es una defensa contra dos tendencias de la época: por un lado algunos de los judaizantes negaban la encarnación y creían en un Jesús solo humano. Por otro lado, los docetistas negaban la humanidad de Cristo.

La Eucaristía
San Ignacio de Antioquía es el primero en usar la palabra “Eucaristía” para referirse al Santísimo Sacramento (Esmir., c. viii). San Ignacio utiliza la terminología joánica para enseñar sobre la Eucaristía, a la que llama “la carne de Cristo”, “Don de Dios”, “la medicina de inmortalidad”. Llama a Jesús “pan de Dios” que ha de ser comido en el altar, dentro de una única Iglesia.

No hallo placer en la comida de corrupción ni en los deleites de la presente vida. El pan de Dios quiero, que es la carne de Jesucristo, de la semilla de David; su sangre quiero por bebida, que es amor incorruptible.

Reuníos en una sola fe y en Jesucristo.. Rompiendo un solo pan, que es medicina de inmortalidad, remedio para no morir, sino para vivir por siempre en Jesucristo.

San Ignacio denuncia a los herejes “que no confiesan que la Eucaristía es la carne de Jesucristo nuestro Salvador, carne que sufrió por nuestros pecados y que en su amorosa bondad el Padre resucitó”.

El día del Señor el domingo

Los que vivían según el orden de cosas antiguo han pasado a la nueva esperanza, no observando ya el sábado, sino el día del Señor, en el que nuestra vida es bendecida por El y por su muerte -S. Ignacio de Antioquía, Magn. 9,1

La Iglesia

Es una institución divina cuyo fin es la salvación de las almas; quienes se separan de ella se separan de Dios. (San Ignacio de Antioquía, a los de Filadelfia., c. iii)

Debe permanecer en unidad.
La unidad es expresión del amor. (Trall., c. vi; Filad., c. iii; Magn., c. xiii)

Es Santa. (Esmirna, Efes., Magn., Trall., Rom.);

Es Católica
Fue San Ignacio quien por primera vez se refirió a la Iglesia como
“Iglesia Católica” (Universal), incluyendo en ella a todos los que son fieles a la verdad. (Esmirna., c. viii)

“Por doquier aparezca el obispo, ahí esté el pueblo; lo mismo que donde quiera que Jesucristo está también está la Iglesia Católica”

Es Infalible (Fila., c. iii; Efes., cc. xvi, xvii)

Tiene jerarquía a la que debemos estar unidos en obediencia
San Ignacio, como San Juán, puso mucha atención en la relación entre el Padre y el Hijo. El Hijo siempre sujeto por amor a la voluntad del Padre, uno con Él por naturaleza. San Ignacio deduce que debemos imitar a Cristo en su obediencia filial, obedeciendo a los obispos de la Iglesia (lntrod. a Fila.; Efes., c. vi); . Sus cartas enseñan que debe haber en la Iglesia disciplina, unidad y sujeción a la jerarquía. 

Por esto debéis estar acordes con el sentir de vuestro obispo, como ya lo hacéis. Y en cuanto a vuestro colegio presbiteral, digno de Dios y del nombre que lleva, está armonizado con vuestro obispo como las cuerdas de una lira. Este vuestro acuerdo y concordia en el amor es como un himno a Jesucristo. Procurad todos vosotros formar parte de este coro, de modo que, por vuestra unión y concordia en el amor, seáis como una melodía que se eleva a una sola voz por Jesucristo al Padre, para que os escuche y os reconozca, por vuestras buenas obras, como miembros de su Hijo. Os conviene, por tanto, manteneros en una unidad perfecta, para que seáis siempre partícipes de Dios.  (De la Carta a los Efesios)

Sus palabras recuerdan a las de San Pablo, en Efesios, 4: “Con empeño por guardar la unidad de espíritu en el vínculo de la paz: un solo cuerpo y un solo Espíritu, a la manera que fuisteis llamados en una sola esperanza de vuestra vocación. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo. Un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos y obra por todos y mora en todos.”

Los tres niveles del sacramento del orden>>>, el episcopado siendo superior, el presbiterio (sacerdotes) y por último el diaconado (Magn., c. vi).

La primacía del obispo de Roma: El mismo San Ignacio que alrededor del año 107 AD llamó a la Iglesia “Católica” y nos enseña que tiene obispos con autoridad, nos enseña también que la Iglesia tiene quien la presida:  “…la que reside en el territorio de los romanos… la que preside en la unión del amor…”  (Rom., introd.)

Su firme enseñanza sobre la obediencia a los obispos es aun mas admirable cuando el mismo, siendo obispo, fue siempre muy humilde.

Matrimonio Sacramental
San Ignacio enseña sobre el matrimonio en la iglesia: “…los varones y las mujeres que deseen casarse, deben realizar su enlace conforme a las disposiciones del obispo…” (Filipenses 5,2).

La Virginidad, virtud sobrenatural  (Polyc., c. v)

San Ignacio es claro y fuerte contra la herejía pero también recalca la necesidad de ser indulgentes y tolerantes con los que están en error.

Rueguen incesantemente por el resto de los hombres -porque hay en ellos esperanza de arrepentimiento- para que lleguen a Dios. Por lo tanto instrúyanlos con el ejemplo de sus obras. Cuando ellos estallen en ira, ustedes sean mansos; cuando se vanaglorien al hablar, sean ustedes humildes; cuando les injurien a ustedes, oren por ellos; si ellos están en el error, ustedes sean constantes en la fe; a vista de sus furia, sean ustedes apacibles. No ansíen el desquite. Que nuestra indulgencia les muestre que somos sus hermanos. Procuremos ser imitadores del Señor, esforzándonos para ver quién puede sufrir peores  injusticias, quién puede aguantar que lo defrauden, que lo rebajen a la nada; que no se encuentre en ustedes cizaña del diablo. Sino con toda pureza y sobriedad vivan en Cristo Jesús en carne y en espíritu. (carta a los efesios)