Mañana es el domingo de la “divina Misericordia”…

Cantemos con nuestra hermana la “misericordia entrañable de nuestro Dios”. Acerquémonos a las fuentes de la gracia para beber del torrente infinito de la misericordia de Dios el amor redentor que, como misión, tenemos que derramar sobre todas las personas que se acerquen a nosotras. Nuestra misión es practicar todas las obras de misericordia espirituales y corporales en la persona de los pobres. Por eso, tenemos que acercarnos a los torrentes de esta misericordia de Dios, porque nadie da lo que no tiene. La misericordia nos emplaza todos los días para amar a la manera de Dios, con entrañas de Madre, dando la vida constantemente por quienes sufren y están necesitados de liberación. Dejémonos impactar por todos los gestos de misericordia entrañable que tiene Jesús con las personas a lo largo y ancho del Evangelio, y hagamos de nuestra vida un faro luminoso donde todos se pueden acercan para tocar la misericordia entrañable de nuestro Dios que cura y salva.

Para mejor entender el Evangelio del II Domingo de pascua…

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Domingo 2º de Pascua – Ciclo B (Jn 20,19-31)

Jesús resucitado retorna sobre los discípulos que están bloqueados, encerrados y con miedo. Su experiencia de seguimiento ha sido un fracaso estrepitoso, se sienten abatidos fracasados desorientados. Este retorno es un retorno pacificador, es un retorno que los reconstruye. En los labios de Jesús no hay palabras de reproche, no les echa en cara su abandono y debilidad, solo palabras de Paz: “la Paz con vosotros”. La paz es bendición, reconciliación, bienestar, plenitud. En el Resucitado no hay resentimientos, tan sólo limpieza de corazón.

Jesús tan solo les muestra sus heridas que son la expresión de su fidelidad y amor hasta el extremo, en su boca una palabra de paz en su cuerpo la herida de la fidelidad incondicional, y ellos se llenan de alegría. Se llenan de alegría porque van a ir experimentando la incondicionalidad del amor del Padre sobre sus vidas, que se ha manifestado en Jesús el Hombre Fiel. Alegría que “el mundo” no puede dar, paz que “el mundo” no puede dar. Nuestras paces son equilibrios siempre precarios de fuerza, todo lo más son pactos de no agresión: no me digas que no te digo, no agredas que no agredo, no te metas que no me meto. Este equilibrio se termina en la incondicionalidad del Dios de la Vida. Se desequilibra todo porque todo cae del lado del Amor hasta el extremo.

Jesús les alienta, les da su Espíritu de fortaleza, les da su Espíritu de paz y los envía atar y a desatar, a levantar y a derrumbar, a levantar lo pequeño, lo vulnerable, lo frágil de las criaturas y de nosotros mismos, y a derrumbar y confrontar todo lo que sigue existiendo de engreimiento y de orgullo, de desprecio y de sarcasmo en este mundo nuestro, al igual que también derrumba nuestra orgullo y prepotencia. Esto es Buena Noticia, sigo repitiendo que el Evangelio no es más de lo mismo. El Evangelio nos hace percibir la vida y ubicarnos en ella desde una perspectiva que nos hace sensibles para percibir las falsas paces que construimos, para no vivir en la mentira y el engaño.

Tomás se ha instalado en la desconfianza. Tomás no se fía, no confía en los compañeros. Solo cuánto se le hace presente el Cristo llagado, el Cristo herido, y Tomás meta su mano en esas manos heridas de tanto aliviar sufrimiento, en esas manos que tantos abatidos levantaron, en esas esas manos que a tantos niños bendijeron, en esas manos que a tantas mujeres enderezaron, es entonces cuando cae en la cuenta de que “la misericordia del Señor dura por siempre”. Cuando nosotros nos bloqueamos y entramos en dinámicas de desolación y de queja, cuando caemos en la trampa de quedarnos ante el mundo como espectadores cargándonos de lamentos inútiles, basta que alguien nos empuje para poner nuestra vida en las llagas de este mundo, no para hurgar sino para aliviar, y terminaremos diciendo como Tomás: ¡Señor mío, y Dios mío!

Sigamos deseando que este tiempo de Pascua sea tiempo de pacificación del corazón, que sea tiempo de reencuentro entre hermanos y hermanas que tan solo porque viven en Acción de Gracias son capaces de romper las dinámicas infernales de este mundo de reproches, intolerancias y de desprecios. Que este tiempo de Pascua sea un tiempo en que nos sintamos enviados a generar dinámicas de buena noticia, e enviados a anudar fraternidades y a desatar nudos de odio.

Toni Catalá SJ Página Arrupe de Valencia

Una bella catequesis de Juan Pablo II de la aparición de Jesús resucitado a su Madre, nuestra Madre también…

Después de que Jesús es colocado en el sepulcro, María “es la única que mantiene viva la llama de la fe, preparándose para acoger el anuncio gozoso y sorprendente de la Resurrección” La espera que vive la Madre del Señor el Sábado santo constituye uno de los momentos más altos de su fe: en la oscuridad que envuelve el universo, ella confía plenamente en el Dios de la vida y, recordando las palabras de su Hijo, espera la realización plena de las promesas divinas.

Los evangelios refieren varias apariciones del Resucitado, pero no hablan del encuentro de Jesús con su madre. Este silencio no debe llevarnos a concluir que, después de su resurrección, Cristo no se apareció a María; al contrario, nos invita a tratar de descubrir los motivos por los cuales los evangelistas no lo refieren.

Suponiendo que se trata de una “omisión”, se podría atribuir al hecho de que todo lo que es necesario para nuestro conocimiento salvífico se encomendó a la palabra de “testigos escogidos por Dios” (Hch 10, 41), es decir, a los Apóstoles, los cuales “con gran poder” (Hch 4, 33) dieron testimonio de la resurrección del Señor Jesús. Antes que a ellos el Resucitado se apareció a algunas mujeres fieles, por su función eclesial: “Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán” (Mt 28, 10).

Si los autores del Nuevo Testamento no hablan del encuentro de Jesús resucitado con su madre, tal vez se debe atribuir al hecho de que los que negaban la resurrección del Señor podrían haber considerado ese testimonio demasiado interesado y, por consiguiente, no digno de fe.

2. Los evangelios, además, refieren sólo unas cuantas apariciones de Jesús resucitado, y ciertamente no pretenden hacer una crónica completa de todo lo que sucedió durante los cuarenta días después de la Pascua. San Pablo recuerda una aparición “a más de quinientos hermanos a la vez” (1 Co 15, 6). ¿Cómo justificar que un hecho conocido por muchos no sea referido por los evangelistas, a pesar de su carácter excepcional? Es signo evidente de que otras apariciones del Resucitado, aun siendo consideradas hechos reales y notorios, no quedaron recogidas.

¿Cómo podría la Virgen, presente en la primera comunidad de los discípulos (cf. Hch 1, 14), haber sido excluida del número de los que se encontraron con su divino Hijo resucitado de entre los muertos?

3. Más aún, es legítimo pensar que verosímilmente Jesús resucitado se apareció a su madre en primer lugar. La ausencia de María del grupo de las mujeres que al alba se dirigieron al sepulcro (cf. Mc 16, 1; Mt 28, 1), ¿no podría constituir un indicio del hecho de que ella ya se había encontrado con Jesús? Esta deducción quedaría confirmada también por el dato de que las primeras testigos de la resurrección, por voluntad de Jesús, fueron las mujeres, las cuales permanecieron fieles al pie de la cruz y, por tanto, más firmes en la fe.

En efecto, a una de ellas, María Magdalena, el Resucitado le encomienda el mensaje que debía transmitir a los Apóstoles (cf. Jn 20, 17-18). Tal vez, también este dato permite pensar que Jesús se apareció primero a su madre, pues ella fue la más fiel y en la prueba conservó íntegra su fe.

Por último, el carácter único y especial de la presencia de la Virgen en el Calvario y su perfecta unión con su Hijo en el sufrimiento de la cruz, parecen postular su participación particularísima en el misterio de la Resurrección.

Un autor del siglo V, Sedulio, sostiene que Cristo se manifestó en el esplendor de la vida resucitada ante todo a su madre. En efecto, ella, que en la Anunciación fue el camino de su ingreso en el mundo, estaba llamada a difundir la maravillosa noticia de la resurrección, para anunciar su gloriosa venida. Así inundada por la gloria del Resucitado, ella anticipa el “resplandor” de la Iglesia (cf. Sedulio, Carmen pascale, 5, 357-364: CSEL 10, 140 s).

4. Por ser imagen y modelo de la Iglesia, que espera al Resucitado y que en el grupo de los discípulos se encuentra con él durante las apariciones pascuales, parece razonable pensar que María mantuvo un contacto personal con su Hijo resucitado, para gozar también ella de la plenitud de la alegría pascual.

La Virgen santísima, presente en el Calvario durante el Viernes santo (cf. Jn 19, 25) y en el cenáculo en Pentecostés (cf. Hch 1, 14), fue probablemente testigo privilegiada también de la resurrección de Cristo, completando así su participación en todos los momentos esenciales del misterio pascual. María, al acoger a Cristo resucitado, es también signo y anticipación de la humanidad, que espera lograr su plena realización mediante la resurrección de los muertos.

En el tiempo pascual la comunidad cristiana, dirigiéndose a la Madre del Señor, la invita a alegrarse: “Regina caeli, laetare. Alleluia”. “¡Reina del cielo, alégrate. Aleluya!”. Así recuerda el gozo de María por la resurrección de Jesús, prolongando en el tiempo el “¡Alégrate!” que le dirigió el ángel en la Anunciación, para que se convirtiera en “causa de alegría” para la humanidad entera.
 

Hoy podemos ser cada una “la discípula muy amada del Señor”. Regalémosle un intenso amor…

Señor, quiero amarte. Quiero recostarme en tu pecho para escuchar los latidos de tu corazón, rebosante de amor. Quiero, con esta experiencia, darte a conocer y a amar. Concédeme la gracia de poder ser una discípula muy amada tuya, una discípula completamente entregada a tu amor y siempre fiel. Quiero que muchos puedan reconocerte por mi testimonio de vida. Quiero contar al mundo, proclamar y anunciar: ES EL SEÑOR…
Oigamos y cantemos la canción…

Juan, el discípulo a quien Jesús amaba…

Por Eric B. Huntsman

Catedrático de Escrituras Antiguas, Universidad Brigham Young.

Una estupenda descripción de Juan, realizada por un cristiano de las confesiones protestantes, pero válida para nosotras, cristianas católicas.

Los escritos del Nuevo Testamento asociados con Juan el Amado lo presentan como un maestro, así como un modelo para nuestro propio discipulado.

Después de Pedro, Juan es quizás el más conocido de los Doce Apóstoles originales de Jesús. Él y su hermano Santiago estuvieron con Pedro en algunos de los momentos más importantes del ministerio mortal del Salvador, y ha sido asociado tradicionalmente con cinco libros diferentes del Nuevo Testamento1. En Juan 13:23 se da a entender su cercanía personal al Señor: “Y uno de sus discípulos, a quien Jesús amaba, estaba reclinado en el pecho de Jesús”. A través de los siglos, el arte cristiano ha reflejado esta imagen, presentando a Juan como un hombre joven, a menudo reposando en los brazos del Salvador. Este es el origen de su singular título, Juan el Amado, pero su testimonio y misión revelan aspectos del discipulado que todos podemos compartir.

Juan, hijo del Zebedeo

Aunque los Evangelios ya no vuelven a mencionar a Zebedeo, sabemos que la madre de Santiago y Juan se convirtió en seguidora de Jesús; intercedió ante Jesús por sus hijos y estuvo presente en la Crucifixión3. La madre de Santiago y Juan, conocida habitualmente por el nombre de Salomé, también pudo haber sido hermana de María, la madre de Jesús, lo cual significa que ellos podrían haber sido primos hermanos de Jesús y parientes de Juan el Bautista4.

Poco después de su llamado inicial, Juan presenció muchos de los primeros milagros y enseñanzas del Señor5. El hecho de ver estos milagros y escuchar discursos como el Sermón del Monte indudablemente preparó a Juan para el momento en que Jesús lo llamó a ser uno de Sus Doce Apóstoles6. Entre estos testigos especiales, Pedro, Santiago y Juan formaron un círculo íntimo de discípulos cercanos que estuvieron presentes en momentos significativos del ministerio terrenal de Jesús:

  • En la resurrección de la hija de Jairo, constatando en persona el poder del Señor sobre la muerte7.
  • En el Monte de la Transfiguración, donde vieron a Jesús revelado en Su gloria y escucharon la voz del Padre testificar que Jesús era Su Hijo en quien estaba complacido8.
  • En el Monte de los Olivos para escuchar Su profecía final acerca de los últimos días9.
  • En el jardín de Getsemaní, donde el Salvador comenzó Su gran obra expiatoria estando ellos cerca10.

Así como Jesucristo le dio a Simón el nombre adicional de Cefas o Pedro, que significa “roca”, también les dio a Santiago y Juan el título de Boanerges, o “hijos del trueno”11. Teniendo en cuenta que le preguntaron a Jesús si debían mandar que descendiera fuego sobre una aldea de samaritanos que los habían rechazado (véase Lucas 9:51–56), este apodo podría sugerir que eran irascibles o al menos que tenían un carácter muy fuerte. Sin embargo, es igual de probable que el nombre adelantara cuán poderosos podrían llegar a ser como testigos, de la misma manera que el nombre de Pedro probablemente reflejara su naturaleza devota, aunque impulsiva en los comienzos, así como su firmeza y fortaleza después de la resurrección de Jesús12.

En las apariciones de Juan en el libro de los Hechos, se le describe como un compañero fuerte y firme de Pedro. Juan estaba con Pedro cuando sanó al cojo en el templo, y juntos predicaron audazmente ante los líderes judíos de Jerusalén. Juntos, los dos apóstoles viajaron a Samaria para conferir el don del Espíritu Santo a los samaritanos a quienes Felipe había enseñado y bautizado13.

Sin embargo, es en los escritos que se asocian con Juan donde más se manifiesta como un poderoso testigo de la divinidad de Su maestro y amigo, Jesucristo. Estos libros del Nuevo Testamento presentan a Juan como un maestro y un modelo para nosotros en nuestro propio discipulado.

Discípulo amado

Curiosamente, Juan nunca es nombrado en el Evangelio que tradicionalmente se le ha atribuido. El Evangelio de Juan menciona a los dos hijos de Zebedeo una sola vez, en el último capítulo, donde se hallaban entre los siete discípulos que se encontraron con el Señor resucitado junto al Mar de Galilea. Incluso allí, sin embargo, no son mencionados por su nombre. En cambio, la tradición, apoyada por referencias de las Escrituras de la Restauración14, ha identificado a Juan como el anónimo “discípulo a quien Jesús amaba” que estuvo presente en la Última Cena, la Crucifixión, la tumba vacía y la aparición final de Jesús en el Mar de Galilea15.

También puede haber sido el “otro discípulo” que, junto con Andrés, había sido seguidor de Juan el Bautista, y le oyó testificar que Jesús era el Cordero de Dios (véase Juan 1:35–40), y es probable que fuera el discípulo que acompañó a Pedro después del arresto de Jesús y le ayudó a acceder al patio del sumo sacerdote (véase Juan 18:15–16).

En el Evangelio de Juan, el discípulo amado emerge como un amigo cercano y personal del Señor. Junto con Marta, Lázaro y María, Juan es descrito explícitamente en este Evangelio como alguien a quien Jesús amó (véase Juan 11:3, 5). Su posición en la mesa durante la Última Cena reflejaba no solo honor sino también cercanía.

Más allá de su amistad con el Salvador, otros pasajes lo revelan como un testigo poderoso de los acontecimientos más importantes de la misión de Jesús: permaneció al pie de la cruz para presenciar la muerte del Señor como sacrificio por el pecado, corrió a la tumba después de la Resurrección para confirmar que estaba vacía, y vio al Salvador resucitado.

Dos veces menciona el Evangelio de Juan que está basado en el testimonio del discípulo amado y recalca que su testimonio es verdadero16, lo cual coincide con el título que José Smith le dio a este Evangelio: “El Testimonio de Juan”17.

Aunque los eruditos todavía debaten sobre la identidad del discípulo amado, si era el apóstol Juan, entonces fue la fuente del material de este Evangelio, si no su autor original18. ¿Por qué entonces permaneció sin nombre, sin ser identificado nunca directamente como el apóstol Juan? La respuesta podría ser en parte porque su intención era que sus propias experiencias fueran modelos para creyentes y discípulos de todas las épocas. Permaneciendo en el anonimato, podría permitirnos proyectarnos en sus experiencias, aprendiendo a amar y ser amados por el Señor y obteniendo nuestros propios testimonios, que después se nos llama a compartir con los demás.

La paz del resucitado y las señales de que es el VIVIENTE…

Tomado de la página “fe adulta”

Todas las apariciones de Jesús resucitado son peculiares. Como si los evangelistas quisieran acentuar las diferencias para que no nos quedemos en lo externo, lo anecdótico. Uno de los relatos más interesantes y diverso de los otros es el de este día.

Comparado con otros relatos de apariciones, este de Juan ofrece las siguientes peculiaridades:

1. El miedo de los discípulos. Es el único caso en el que se destaca algo tan lógico, y se ofrece el detalle tan visivo de la puerta cerrada. Acaban de matar a Jesús, lo han condenado por blasfemo y rebelde contra Roma. Sus partidarios corren el peligro de terminar igual. Además, casi todos son galileos, mal vistos en Jerusalén. No será fácil encontrar alguien que los defienda si salen a la calle.

2. El saludo de Jesús: «paz a vosotros». Tras la referencia inicial al miedo a los judíos, el saludo más lógico, con honda raigambre bíblica, sería: «no temáis». Sin embargo, tres veces repite Jesús «paz a vosotros». Algún listillo podría presumir: «Normal; los judíos saludan shalom alekem, igual que los árabes saludan salam aleikun». Pero la solución no es tan fácil. Este saludo, «paz a vosotros», solo se encuentra también en la aparición a los discípulos en Lucas (24,36). Lo más frecuente es que Jesús no salude: ni a los once cuando se les aparece en Galilea (Marcos y Mateo), ni a los dos que marchan a Emaús (Lc 24), ni a los siete a los que se aparece en el lago (Jn 21). Y a las mujeres las saluda en Mateo con una fórmula distinta: «alegraos». ¿Por qué repite tres veces «paz a vosotros» en este pasaje? Vienen a la mente las palabras pronunciadas por Jesús en la última cena: «La paz os dejo, os doy mi paz, y no como la da el mundo. No os turbéis ni os acobardéis» (Jn 14,27). En estos momentos tan duros para los discípulos, el saludo de Jesús les desea y comunica esa paz que él mantuvo durante toda su vida y especialmente durante su pasión.

3. Las manos, el costado, las pruebas y la feLos relatos de apariciones pretenden demostrar la realidad física de Jesús resucitado, y para ello usan recursos muy distintos. Las mujeres le abrazan los pies (Mateo), María Magdalena intenta abrazarlo (Juan); los de Emaús caminan, charlan con él y lo ven partir el pan; según Lucas, cuando se aparece a los discípulos les muestra las manos y los pies, les ofrece la posibilidad de palparlo para dejar claro que no es un fantasma, y come delante de ellos un trozo de pescado. En la misma línea, aquí muestra las manos y el costado, y a Tomás le dice que meta en ellos el dedo y la mano. Es el argumento supremo para demostrar la realidad física de la resurrección. Curiosamente se encuentra en el evangelio de Juan, que es el mayor enemigo de las pruebas física y de los milagros para fundamentar la fe.

4. La alegría de los discípulos. Es interesante el contraste con lo que cuenta Lucas: en este evangelio, cuando Jesús se aparece, los discípulos «se asustaron y, despavoridos, pensaban que era un fantasma»; más tarde, la alegría va acompañada de asombro. Son reacciones muy lógicas. En cambio, Juan solo habla de alegría. Así se cumple la promesa de Jesús durante la última cena: «Vosotros ahora estáis tristes; pero os volveré a visitar y os llenaréis de alegría, y nadie os la quitará» (Jn 16,22). Todos los otros sentimientos no cuentan.

5. La misión. Con diferentes fórmulas, todos los evangelios hablan de la misión que Jesús resucitado encomienda a los discípulos. En este caso tiene una connotación especial: «Como el Padre me ha enviado, así os envío yo». No se trata simplemente de continuar la tarea. Lo que continúa es una cadena que se remonta hasta el Padre.

6. El don de Espíritu Santo y el perdón. Marcos y Mateo no dicen nada de este don y Lucas lo reserva para el día de Pentecostés. El cuarto evangelio lo sitúa en este momento, vinculándolo con el poder de perdonar o retener los pecados. ¿Cómo debemos interpretar este poder? No parece que se refiera a la confesión sacramental, que es una práctica posterior. En todos los otros evangelios, la misión de los discípulos está estrechamente relacionada con el bautismo. Parece que, en Juan, perdonar o retener los pecados tiene el sentido de admitir o no admitir al bautismo, dependiendo de la preparación y disposición del que lo solicita.

Cf. José Luis Sicre